
La concesión del derecho de sufragio activo a los mayores de 16 años y su configuración como una facultad y no como una obligación cívica es algo que está directa y estrechamente relacionado con la madurez del sistema político. Requiere, entre otras cosas, de un sistema educativo muy eficiente, no tanto en la formación de los valores de la ciudadanía (que también) sino especialmente en el conocimiento de la realidad.
Es de lamentar que una muy buena iniciativa como ésta haya sido totalmente desfigurada en Salta, al caer en manos de un minúsculo grupo de activistas con un currículum bastante dudoso en materia de defensa de las libertades públicas.
Parece lógico, pues, que frente a la intensidad de la campaña desatada en favor del voto joven, a su carácter invasivo y a la profunda irracionalidad de sus argumentos, los auténticos interesados -los jóvenes- reaccionen con recelo y desconfianza.
Así ha sucedido en la reciente jornada de
Recinto Abierto, organizada por la Cámara de Diputados de Salta, en cuyo transcurso los jóvenes consultados se pronunciaron, por abrumadora mayoría, en contra de la iniciativa. El varapalo a los activistas y defensores acríticos del proyecto gubernamental ha sido sin dudas formidable.
Los propios jóvenes fueron los encargados de desnudar las carencias formativas de un sistema educativo público (gestionado por el propio gobierno que intenta seducirlos), cuya calidad ya no es, como antaño, homologable a la de los países más avanzados, y que arrastra muy serios problemas de autoritarismo, dentro de las aulas y fuera de ellas.
Pero lo que con más claridad expresaron los jóvenes salteños que se sentaron a debatir en los escaños legislativos fue su rechazo a lo que ellos claramente perciben como una
«iniciativa del poder». De un poder que -en este asunto, como en otros- los trata como ganado e intenta llevarles y traerles por una senda ideológica bien definida, sin permitirles ejercer su libertad; esto es, sin reconocerles ese espacio natural que los jóvenes tienen para expresar su rebeldía y su disconformidad frente al poder establecido.
Los manipuladores -en un claro error de cálculo- habían apostado todas sus fichas a la seducción de los jóvenes, a pesar de que el gobierno al que apoyan viene dando repetidas muestras de intolerancia frente a la libre expresión juvenil.
Algunos de aquellos activistas progubernamentales habían llegado al inmoral extremo de ofrecer viviendas públicas y otras prebendas oficiales en mítines y asambleas de estudiantes secundarios y universitarios. Su recortada visión de la democracia les había conducido a pensar incluso que era suficiente con que los interesados se pronunciasen sobre el derecho al voto desde los 16 años para que la iniciativa pudiera prosperar.
Pero los propios jóvenes, más prudentes y más democráticos, les han recordado que el voto joven no es solo una cuestión de ellos, sino que es asunto que atañe al conjunto de la sociedad política, y que ni las manipulaciones ni los plebiscitos sectoriales -especialmente cuando vienen impuestos desde afuera- son suficientes para resolver una cuestión que afecta a los cimientos más profundos de la ciudadanía democrática.
En resumen, que un grupo de jóvenes salteños, en debate abierto, sereno y reflexivo, ha sacado los colores a los pequeños manipuladores de conciencias y puesto en evidencia, otra vez más, la sesgada parcialidad y la parvedad de los fines que persiguen.