Lo de las placas del gobierno de Salta es un asunto que está pasando de castaño a oscuro. El culto a la personalidad ya no tiene límites de ninguna naturaleza, porque no hay una ley que regule esta materia, no hay norma moral que consiga llamar a la reflexión a los figurones y porque el mal gusto forma parte de su esencia cívica. A partir de ayer, los vecinos de Río Piedras se suman a la larga lista de víctimas de estos excesos, que bajo el pretexto de exaltar un acontecimiento histórico, lo que pretenden es perpetuar la muy volátil memoria de los gobernantes de turno.
Por favor, detengámonos un segundo a examinar la placa que ayer el gobierno instaló en la plaza del pueblo Río Piedras, porque provoca auténtica vergüenza ciudadana.
La parte central de la placa reza: "Tributo bicentenario a la patria y sus vencedores", pero el nombre de ningún vencedor figura en la placa. No figura ni siquiera el nombre de Belgrano (general que comandaba las tropas vencedoras), ni el de Díaz Vélez (mayor general a cargo de la retaguardia patriota atacada por el ejército realista), ni el del barón de Holmberg, el del capitán Forest, el del teniente coronel Balcarce, o el de los cientos de criollos que combatieron en aquel lugar.
Figuran, en cambio, los nombres del Dr. Juan Manuel Urtubey, de Dn. Andrés Zottos (estudios superiores no concluidos) y del CLR. Gustavo Dantur.
¿Son estos los "vencedores de la patria"?
¿Son estos señores los que rinden homenaje a los héroes de Río Piedras, o es el pueblo de Salta el que los homenajea?
¿Por qué figuran sus nombres en una placa que durará, probablemente, 100 años sin deteriorarse, cuando en pocos años más estas personas habrán dejado el gobierno?
Esta forma de entender la figuración constituye un atentado al recato y la austeridad republicanas. Es una forma perversa de mezclar la historia con el presente y de forzar la interpretación de los sucesos de uno y de otro momento histórico.
Ni Urtubey, ni Zottos, ni Dantur han hecho nada memorable para figurar en esa placa. Por lo menos, nada que merezca una placa; nada que se parezca en lo más mínimo a una hazaña heroica, a un desinteresado servicio patriótico.
Es simplemente un abuso y del peor gusto imaginable. Un alimento para el ego de unos vanidosos incorregibles que pagamos todos los ciudadanos.