Redacción Iruya.com
La figura del oropesano don Francisco Álvarez de Toledo, Virrey del Perú entre 1569 y 1581, va camino de convertise en un icono de lo políticamente incorrecto, para unos, y en un símbolo de nuestros más inconfesables complejos históricos, para otros.
Decididamente, algo no funciona bien en Salta. Cualquiera que se haya tomado el trabajo de leer las páginas de sucesos de los principales medios provinciales durante el último año, podría llegar a la conclusión de que en Salta el abuso sexual es una especie de práctica deportiva de alcance provincial, en la que los salteños baten continuamente sus propias marcas de perversión y las salteñas (y las forasteras) se llevan la peor parte.
Había confianza. La gran familia municipal reunida en torno a una mesa no requiere de demasiadas formalidades y de estrictas normas de bromatología. Éstas están para ser aplicadas a los demás, pero no para cumplirlas.
Los llamados desfiles cívico-gauchos se han convertido en un clásico de toda buena fiesta patronal que bien se precie. El paso de nuestros intrépidos jinetes emponchados es ya un “número fijo”, no solo en las celebraciones patrióticas, sino también en las festividades religiosas, que, en Salta, son estratégicamente diseñadas a través de un esfuerzo articulado entre el gobierno y la Santa Sede.
El Gobernador de Salta recibió ayer el saludo de las tropas formadas en la ciudad de General Güemes con ocasión de los festejos en honor a Santa Rosa de Lima, patrona de América, de las Indias, las Filipinas, y de General Güemes.
El grado de evolución de una sociedad determinada se mide, entre otras cosas, por la capacidad de sus individuos para resolver de forma pacífica y eficaz los conflictos que en su seno se producen.
Algo no funciona del todo bien en nuestra percepción de la moralidad pública. Por alguna razón, tenemos bien asumido que quien ejerce el poder político o desempeña una alta magistratura del Estado es una persona que, como mínimo, "debe dar el ejemplo a los ciudadanos"; esto es, ejercer como modelo de virtudes, no solo públicas sino también privadas.
Al final, las ciudades se llaman como sus habitantes quieren que se llamen y no como las denominó el fundador. Prueba de ello es que nuestra ciudad se llama solo "Salta", después de que una pequeña revuelta popular forzara el abandono de su denominación original de "Ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta".
Casi por una cuestión de principio, los médicos se sienten más a gusto en los quirófanos que en los banquillos; sean estos de suplentes, judiciales o parlamentarios. Poca gracia le debe hacer a los inventores de la cirugía mínimamente invasiva que los inquisidores públicos arremetan contra ellos y les hagan revelar hasta los secretos más íntimos de su vida personal y profesional. Para un facultativo, una interpelación ante la Cámara de Diputados debe ser el equivalente a un examen rectal completo.
La cantidad de funcionarios públicos provinciales que, en los límites canónicos de la apostasía, ha dedicado hoy sus mejores ofrendas a la Pachamama, rivaliza ya con la cantidad de los mismos especímenes que acuden a rendir culto al Señor y a la Virgen del Milagro.
La pasión mística y religiosa del gobernador Urtubey se puede apreciar, incluso, en la peculiar estética de la decoración de las estancias gubernamentales, como lo demuestra esta fotografía, difundida ayer a los medios por la propia oficina de prensa del mandatario.
Hasta hace poco, la ceremonia oficial de recepción del primer turista de la temporada en Salta era un remedo más o menos infeliz de la llegada del avión a la televisiva Isla de la Fantasía de Tattoo y míster Roarke.