El grado de evolución de una sociedad determinada se mide, entre otras cosas, por la capacidad de sus individuos para resolver de forma pacífica y eficaz los conflictos que en su seno se producen. Cuando frente a un conflicto intersubjetivo de determinadas características los individuos dejan de lado los mecanismos institucionalizados y deciden resolver sus disputas de forma práctica e instantánea, apelando al uso exclusivo de la fuerza, la sociedad entera fracasa por completo.
El regreso a un sistema de acción directa supone un retroceso histórico de consecuencias graves y generalmente imprevisibles, por cuanto lo que propone es sustuir un sistema racional y equilibrado de composición de los intereses en pugna por otro que privilegia conductas disgregadoras como la venganza o la represión.
Lo que está sucediendo en Salta alrededor del Ingenio El Tabacal es una clara muestra de la inmadurez de una sociedad atravesada por sus contradicciones; que alardea de su modernidad, pero que en el fondo no desperdicia ocasión para mostrarse tal cual es: primitiva, directa y muy violenta.
Los hechos lamentables ocurridos ayer en torno al Ingenio no son responsabilidad exclusiva del gobierno, por más que sus errores pudieran haber contribuido a agravar la situación. Echarle la culpa al gobierno de todo lo que allí sucede puede funcionar como un atajo pero nunca será suficiente para explicar las verdaderas y más profundas razones de esta debacle.
Detrás del fracaso de la negociación y de la entronización de la violencia desembozada se oculta la pesada losa de un sistema de relaciones laborales anclado en décadas pretéritas. La sociedad entera es víctima de la bajísima preparación cívica y sindical de los dirigentes obreros, del autoritarismo empresarial disfrazado de bondadoso paternalismo, de la falta de cohesión total de un territorio fracturado por enormes diferenciales de riqueza, de la falta de rigor y de compromiso ético de la mayoría de los comunicadores públicos, de las atávicas creencias populares sobre la armonía de clases, la comunidad organizada, el derecho natural al empleo perpetuo y del folklórico desprecio al capital extranjero.
Lo llamativo es que este explosivo cóctel social se agita en una Provincia en donde -según algunos apologistas del gobierno- se han alcanzado altísimos niveles de civilización; en un territorio en el que reina la "inclusión" social bajo una "lógica articulada". El brebaje se prepara allí donde se realizan seminarios y workshops para estudiar hasta las patologías sociales más intrascendentes y el que abundan profesionales y expertos en casi cualquier disciplina conocida. Y se bebe de un trago allí donde hasta los técnicos más pedestres presumen de trabajar con "tecnologías de ultimísima generación", en donde los gobernantes asisten con vertiginosa puntualidad a simposios intensivos sobre "políticas públicas" y a coloquios de Idea; en donde los jueces afirman conocer y aplicar las doctrinas jurídicas más vanguardistas; en donde se realizan faraónicas operaciones de reparación histórica, y en donde -se dice, en fin- reina el más exquisito respeto por los Derechos Humanos.
Pero los hechos de ayer y otros indicadores no menos contundentes nos enseñan que Salta, en realidad, no es ni tan moderna ni tan civilizada como algunos pretenden que creamos. Que nos hace falta recorrer un largo camino para alcanzar aquellos ambiciosos niveles de excelencia que se pregonan por doquier, incluso en las actividades de más baja calidad, y darnos cuenta de que para crecer como sociedad no es suficiente el empeño de unos cuantos, o el acierto de unos pocos, sino un sólido y estable compromiso de la mayor parte de los ciudadanos. En definitiva, que nos hace falta más política y menos gobierno.
No todo, insisto, es culpa de los que gobiernan Salta. En buena medida la culpa es nuestra por habernos dejado convencer prematuramente de nuestros estupendos e irreversibles avances civilizatorios, cuando lo que correspondía, con mayor humildad y realismo, era seguir trabajando para mejorar, para mejorarnos, y para edificar una convivencia cimentada en la libertad y en valores ampliamente compartidos por todos.