Al final, las ciudades se llaman como sus habitantes quieren que se llamen y no como las denominó el fundador. Prueba de ello es que nuestra ciudad se llama solo "Salta", después de que una pequeña revuelta popular forzara el abandono de su denominación original de "Ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta". El enojo de los primeros vecinos con el autoritario Lerma hizo caer su ilustre apellido burgalés del cartel de la nueva villa, y, de paso, arrastró también al sagrado nombre del santo, que no solo desapareció totalmente de los papeles oficiales sino que en cierto modo cayó en desgracia, pues le fue impuesto a una calle marginal, poco ortodoxa, que atraviesa en extraña diagonal el sur de la ciudad, desde la cancha de Juventud Antoniana hasta la zona menos noble del Bajo salteño.
Algo parecido sucedió en su día con aquella aldea inundable e infestada de mosquitos a la que se llamó pretenciosamente la Ciudad de Nuestra Señora del Buen Ayre y posteriormente la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, cuyo nombre fue abreviado primero al de "Buenos Aires" y después al más breve de CABA.
A estas alturas del desarrollo histórico y de la inclusión, corresponde preguntarse si los salteños y su Iglesia quieren que la ciudad siga llevando el brevísimo nombre de Salta o si ha llegado el tiempo de cambiarlo por otro más novedoso.
Hay que tener en cuenta que desde las geniales innovaciones de San José de Metán, de San José de los Cerrillos y de San Bernardo de Coronel Moldes, se está esparciendo por los Concejos Deliberantes y las Sacristías la moda de añadir el nombre de los santos a la denominación oficial de los pueblos y ciudades de la Provincia, para dejar todavía más patente -si cabe- la tajante separación entre Iglesia y Estado.
El nombre de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta se antoja un poco antiguo y tardíamente reivindicativo de la figura de Lerma, a quien prácticamente todos consideramos solo el "padre biológico" de la ciudad; es decir, quien puso la semillita, pero que después hizo lo que técnicamente se denomina un "abandono de hogar". De modo que hay que buscarse otro.
A juicio de los más entendidos en cuestiones urbanas y del santoral, Salta debería pasar a llamarse "Ciudad de San Rodolfo de Salta en el Valle de Lerma". El nuevo nombre constituiría así no solo una revolución toponímica sino también una auténtica "reparación histórica".
Imaginemos por un instante la algarabía popular que produciría este cambio o el impacto económico en el turismo y la ocupación hotelera. Las fiestas patronales pasarían a celebrarse los días 4 de febrero, en pleno carnaval, en honor a San Rodolfo Acquaviva, presbítero y mártir, con desfiles cívicos, gauchos, policiales, militares, escolares, religiosos y sindicales incluidos.
Pero con cambiar el nombre a la ciudad no basta. Hacen falta otros cambios, como por ejemplo, el del escudo de la villa, que debería incluir la leyenda: Rodofo ("Rhod-Wulf" o "Hrod-Wulf") nombre que significa "Aquel que gana la batalla", "El que busca la gloria" o "Lobo sabio".
También se debería reformar la Constitución para que el ciudadano llamado a ejercer el Poder Ejecutivo de la Provincia lleve no menos de cuatro nombres de pila antes de su apellido, al estilo del Príncipe de Asturias (que se llama Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia) o del General Belgrano (que se llamó Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano).
Hay que tener en cuenta que una reforma en este sentido podría lesionar derechos adquiridos, de modo que habría que pensar en facilitar a las actuales autoridades adecuarse a las nuevas exigencias constitucionales, y permitirles que hagan uso de su derecho a la "identidad de género", para que en su DNI figuren -por fin- todos sus nombres verdaderos: Juan Manuel Josemaría Emilio-Eduardo Benito Roberto Jorge-Rafael Adolfo de la Santa Cruz y Calafate.