Los llamados desfiles cívico-gauchos se han convertido en un clásico de toda buena fiesta patronal que bien se precie. El paso de nuestros intrépidos jinetes emponchados es ya un “número fijo”, no solo en las celebraciones patrióticas, sino también en las festividades religiosas, que, en Salta, son estratégicamente diseñadas a través de un esfuerzo articulado entre el gobierno y la Santa Sede. La mescolanza a menudo da como resultado el que los gauchos (muchos de ellos, militantes de la Pachamama) rindan tibios honores a la Virgen o al santo en cuestión y que dediquen sus mejores esfuerzos (y los de sus cabalgaduras) a rendir honores más intensos y sentidos a los ocupantes del Palco Oficial, en donde -como es archisabido- no hay vírgenes ni, mucho menos, santos.
Según nos cuenta hoy la Secretaría de Comunicación del gobierno de Salta, don Juan Manuel Urtubey encabezó ayer los festejos patronales de Urundel, en donde no pudieron faltar los gauchos a caballo.
Según esta misma fuente, los jinetes tomaron parte del desfile cívico militar que se desarrolló sobre calle Alvear y en cuyo transcurso, Urtubey, como corresponde al contexto, se refirió a la protección de la Virgen de la Merced al Ejército del Norte en la Batalla de Tucumán.
Pero si el acto era para honrar a la Virgen de la Merced, a Urtubey le importó un pepino que lo fuera, porque, a continuación, sin siquiera hacer una pausa para tomar aire, habló sobre la gestión del gobierno provincial. Así lo documenta la información oficial.
Bien pudo el Gobernador ahorrarse el comentario, porque al final le dedicó a su gestión una frase enigmática: “cuyo mirada no está en las necesidades básicas, sin importar el número, sin son muchos o pocos” (sic).
Solo Dios (o la Virgen, en este caso) saben lo que habrá querido decir Urtubey con semejante frase. Los lingüistas y filólogos que han intentado desentrañar el sentido de la frase al final se han dado por vencidos y han optado por depositar la misma en un papelito a los pies de la imagen de la Virgen de la Divina Providencia, a ver si ella se aclara.
Pero lo más chocante de todo es que los gauchos que desfilaron frente al palco, en vez de rendir honores a la Virgen, como hubiese sido de esperar, se los rindieron al Gobernador, que ni es Virgen ni es merecedor de honores de ninguna naturaleza en una festividad religiosa. Recuérdese que Dios nos ha creado a todos libres e iguales.
Y ya puestos a rendir homenajes al primero que se cruce, esos celosos guardianes montados de nuestras mejores y más prístinas costumbres también reverenciaron con su parada ecuestre a la nueva Reina de los Estudiantes, que contra toda regla de protocolo y de recato religioso, fue ubicada en el Palco Oficial, a la diestra del todopoderoso mandatario provincial. Virgen y Reina, Reina y Virgen, lo mismo da para el gauchaje del Trópico.
Un sacerdote presente en el lugar quiso poner en práctica sus habilidades de articulación entre lo gubernamental y lo eclesiático, e intentó aclarar que la Virgen es Reina Madre porque “de sus entrañas ha nacido el Príncipe de la Paz y el Hijo de David”.
Pero sus explicaciones no convencieron.
A todos nos quedó la sensación de que los gauchos, más que desfilar y rendir honores, lo que ejecutan es un “número circense”, un gesto de puro exhibicionismo en el que caben los homenajes a la divinidad, al poder y al jolgorio, sin que apenas les haga cosquillas en la conciencia.