El pasado sábado, una mujer residente en la localidad salteña de Rosario de Lerma, que dormía plácidamente en su habitación, fue sorprendida en su buena fe por un intruso con el que mantuvo relaciones sexuales pensando que se trataba de su marido. Al darse cuenta del equívoco, la mujer presentó una denuncia por abuso sexual.
El relato de los hechos, recogido por diversos medios periodísticos, presenta sin embargo algunas incongruencias que podrían dar «un vuelco» al enfoque jurídico de los hechos y, por tanto, a la decisión que sobre los mismos adopte en definitiva la autoridad judicial.
La narración dice que la mujer «sintió» la presencia de un hombre en el dormitorio. Semidormida, en total oscuridad y sin que mediara contacto alguno, es bastante difícil pensar que una mujer pueda «sentir» que la extraña presencia es de un hombre y no de una mujer, o de un plantígrado.
Prosigue el relato diciendo que «el sujeto ingresó a la cama», (como quien ingresa en la Universidad o en la Administración Pública) y que comenzó a acariciarla.
En principio, la mujer pensó que se trataba de su esposo -que esa noche había salido- porque el intruso «tenía olor alcohol».
Como forma de identificar a un esposo, el de la percepción olfativa es uno de los recursos más fiables, después del análisis de ADN. Todo indica que el marido accidentalmente burlado ha convertido su olor a alcohol en una especie de DNI sexual cuya sola exhibición le permite el acceso inmediato a los lugares más íntimos.
Después de mantener relaciones sexuales en medio de la oscuridad, la mujer «detectó» caricias que no eran habituales en su marido. Es decir, que la mujer -dueña de una forma muy personal de percibir los fenómenos que se producen a su alrededor- en lugar de "advertir" "siente", y cuando tiene que "sentir" "detecta".
Al parecer, se dio cuenta de que las caricias de su amante no eran las de su marido porque en el momento cúlmine el "move" de su legítimo esposo consiste habitualmente en un movimiento en sentido contrario a las agujas del reloj, mientras que el del subrepticio ocupante del tálamo era en sentido favorable al giro horario.
Así pues, invadida por las dudas, resolvió la mujer tocar la cabellera de su amante, dándose entonces cuenta de que el hombre tenía el pelo largo. Al encender la luz, vio que no se trataba de su marido sino de un primo de éste.
La mujer gritó y el sujeto salió inmediatamente del lugar, pero antes le dijo: “Te amo; no seas tonta, tu marido te engaña”.
La denuncia posterior revela que a la mujer no la conmovió en lo más mínimo ni la declaración de amor ni la revelación de la infidelidad de su esposo. Menos aún -según parece- le satisfizo el desempeño sexual del mechudo primo 'gateador'.
Como mandan los cánones, la agredida ha expresado su preferencia por las caricias y demás manipulaciones de su marido, a pesar de su afición a la bebida, su pasión por las mujeres ajenas, su vicio por las salidas nocturnas y su avanzada calvicie.
En el barrio comentan con sorna que al esposo ausente le apodan «marido estricto», porque «la tiene cortita».