Salta se convirtió ayer, por espacio de varias horas, en una ciudad sin ley; en un espacio atenazado por el miedo a un gigantesco estallido de violencia y pillaje que, al final, felizmente, no se produjo. El mismo día en que el Gobernador de Salta estrenaba un nuevo equipo integrado por jovencísimos e inexpertos funcionarios, la suerte de los salteños y la seguridad de sus bienes quedaron en manos de una Policía provincial, que, no obstante las especulaciones sobre su posible actitud pasiva frente a la amenaza de saqueos generalizados, respondió con razonable eficiencia.
Después de una jornada dominada por la tensión, los rumores confusos y las convocatorias semiclandestinas a saquear masivamente los comercios, por la noche se produjo una sucesión de incidentes vandálicos de variada gravedad.
Varios establecimientos del centro de la ciudad y otros ubicados en zonas comerciales periféricas sufrieron ataques. Las grandes superficies se convirtieron en el blanco favorito de los vándalos, que pese a provocar algunos destrozos, no consiguieron quebrar el dispositivo de seguridad y penetrar en el interior de los comercios.
En algunos casos lo impidió la presencia disuasoria de la Policía. En otros, las fuerzas del orden debieron emplearse a fondo para repeler los actos vandálicos.
Sin embargo, la nota llamativa de la jornada fue la presencia de matones armados, contratados por los comerciantes para proteger sus negocios, en una clara señal de desconfianza, bien hacia la capacidad operativa de la Policía de Salta, bien hacia el compromiso de esta institución con la legalidad.
Además del dispositivo policial y de la amenazante presencia de matones armados con palos y armas de fuego, el ataque de los saqueadores se frustró por la inesperada entrada en escena del "General Verano". Una fuerte lluvia se abatió sobre la ciudad en las últimas horas de la noche, provocando la espontánea dispersión de algunos grupos de vándalos que se habían apostado en torno a los comercios.
Pese a la formidable ayuda del aliado meteorológico, la Policía dispuso un inusual blindaje en el centro de la ciudad. Una "operación jaula" que impidió el ingreso de vehículos y transeúntes a la zona comercial y que sumió a una parte importante de la ciudad en un virtual toque de queda.
Muchos comerciantes optaron por cubrir las fachadas de sus establecimientos con grandes paneles de madera. Por un momento Salta se pareció a esas ciudades de Alabama que se preparan para recibir el embate de un huracán.
Uno de los lugares elegidos por los vándalos para consumar sus propósitos fue el Mercado Municipal, ubicado en el centro mismo de la ciudad. El ataque no fue conjurado por la Policía sino por los propios puesteros que repelieron a los saqueadores bajo el sagaz comando del enérgico administrador José Muratore, que se convirtió así en una especie de Santiago de Liniers de las hortalizas.
130 detenidos
A pesar de que desde ayer por la mañana Salta tiene un nuevo Ministro de Seguridad, el peso político del conato de saqueo fue soportado por el ministro saliente, Eduardo Sylvester, que estrenaba del modo más amargo posible su nuevo cargo de Ministro de Gobierno.El funcionario, que con su actividad dejó bastante descolocado a su sucesor, Alejandro Cornejo D'Andrea, confirmó pasada la medianoche que la Policía provincial detuvo a 130 personas involucradas en los actos vandálicos.
Sylvester destacó la labor del personal policial y calificó de irresponsable la convocatoria a un acuartelamiento como medida de presión para lograr un aumento de salarios.
Como era de suponer, Sylvester desligó al gobierno de cualquier responsabilidad en la insatisfacción social que se encuentra en la base de los movimientos vandálicos y de los saqueos y dijo que se trata de un reflejo de la situación nacional.