El diseño de la rotonda de La Almudena es criminal

Lo que lo usuarios salteños de la ruta 28 llaman "rotonda" no es más que un anillo de cemento incompleto, de dimensiones inadecuadas, mal señalizado, y peligrosamente intercalado entre dos ramales de alta velocidad, completamente rectos.

Este espacio no solamente no cumple adecuadamente su función sino que, bajo determinadas condiciones (climáticas, de circulación y de iluminación) se convierte en una auténtica trampa mortal para los conductores que deben atravesarla.

Quienes han sufrido accidentes en este punto negro deberían exigir ya mismo la responsabilidad civil y corporativa de los profesionales que han intervenido en su diseño y construcción. Lo mismo debería hacer la Municipalidad de Salta en defensa de los intereses de los ciudadanos.

Una rotonda -vale la pena recordarlo- es un tipo especial de intersección que se caracteriza por varias cosas. Entre ellas:

1) Porque los tramos que en ella confluyen se comunican a través de un anillo;

2) Por la existencia de una isleta central de determinadas dimensiones;

3) Porque los ramales que comunican se convierten en una calzada circular común, y

4) Porque el diseño obliga a los usuarios de la vía a una circulación rotatoria alrededor de la isleta central.

Si nos fijamos en la fotografía de la "rotonda" de La Almudena que aparece más arriba y la comparamos con la fotografía de la rotonda que aparece a la derecha de estas líneas, comprobaremos que la primera no cumple con ninguna de las condiciones para ser considerada como tal. Antes al contrario, alguien ha tenido la demencial idea de construir aquí un cruce a nivel con al menos una intersección a 90 grados.

En la imagen se advierte también que los conductores que circulan en sentido Oeste-Este (de San Lorenzo a Salta) afrontan esta intersección sin ningún tipo de obstáculo; mientras que quienes lo hacen en sentido inverso (de Salta a San Lorenzo) apenas si deben desviar su trayectoria unos 2 grados para sortear una falsa isleta central.

Lo que es evidente es que la rotonda en sí no representa ningún obstáculo para los usuarios de la vía principal. No hay ningún elemento del diseño que les obligue a disminuir la velocidad. Es decir, que al momento de su diseño, o de su construcción, no se ha puesto ningún cuidado en que la presencia de la rotonda sea más evidente para los conductores.

Es bastante sabido que la probabilidad de que se produzcan accidentes en la entrada de una rotonda disminuye según aumenta el ángulo entre un tramo de acceso y el siguiente en el sentido de giro. Nada de esto por supuesto ha sido tenido en cuenta por quien diseñó la rotonda de La Almudena.

La seguridad que proporciona una rotonda viene dada por la inflexión de la trayectoria de los vehículos a la entrada. Esta inflexión se logra no solamente por medio de la construcción de una isleta central de dimensiones adecuadas sino también por la presencia de isletas deflectoras en cada acceso.

Para que una rotonda desempeñe adecuadamente su función, es necesario por tanto que los conductores sean capaces de advertir la presencia de la entrada con un mínimo giro inicial (en cualquier caso no inferior a los 15 grados). Una limitación del radio de curvatura de la trayectoria en la entrada a un máximo de 100 metros asegura una velocidad razonable de entrada.

Hay que recordar que la rotondas sirven para provocar cambios forzados de curvatura en todas las trayectorias de los vehículos y, por ende, para obligar a la reducción de su velocidad. La disminución de ésta depende, pues, del radio de curvatura.

Por tanto, si lo que se pretende es que los vehículos circulen por ese tramo a menos de 30 kilómetros por hora, la solución no es otra que construir una rotonda cuyo diámetro exterior sea por lo menos de 40 metros.

Los semáforos no son una solución adecuada

Desde hace bastante tiempo, las rotondas constituyen el elemento constructivo más idóneo para la regulación y gestión de la movilidad. Las rotondas han demostrado ser una alternativa más eficiente que las intersecciones simples o semaforizadas.

Los semáforos no solo producen demoras innecesarias en la circulación en situaciones de poco tráfico, sino que generan puntos de conflictos y de accidentes. Tienen también un mayor impacto ambiental pues, en cada parada-arranque adicional que efectúa un vehículo, el consumo de combustible aumenta.

Si bien los semáforos son más baratos (cuestan 5 veces menos que las rotondas), los beneficios para la movilidad y para la seguridad, a largo plazo, justifican la inversión.