Los medios de comunicación argentinos se hicieron eco ayer del diálogo entablado frente a las cámaras de televisión entre la Presidente de la Nación y un niño de 11 años con síndrome de Down. La mayoría de estos medios ha comentado esta inusual noticia destacando de ella tres aspectos: 1) la desenvoltura y vehemencia del niño en la expresión de sus opiniones políticas; 2) la emoción de la Presidente de la Nación; y 3) la salida de tono de la Jefa del Estado al lanzar al aire la expresión "la puta madre".
Ha sido quizá esta última frase la que ha despertado la mayor parte de los comentarios positivos, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que cuando los gobernantes de cualquier país prescinden en sus apariciones públicas de las formas rígidas del protocolo y emplean un lenguaje coloquial -si bien no necesariamente de este nivel de vulgaridad- se suele decir que su campechanía "los humaniza".
Al contrario de lo que sugiere la mayoría de los medios, la actitud de la Presidente de la Nación frente al discurso del niño fue profundamente inhumana e impropia de la jefa de un Estado obligado por leyes nacionales y convenios internacionales a respetar los derechos fundamentales de los niños y de las personas con discapacidad.
Es casi obligado preguntarse si la Presidente de la Nación hubiera experimentado la misma emoción transida si el vehemente discurso del niño, en vez de anhelar victorias electorales arrolladoras para el gobierno, y formular juramentos de militancia eterna, hubiese empleado un tono crítico con la Presidente y su gobierno o hubiera formulado con idéntico ardor juramentos de fidelidad militante a los líderes de las fuerzas de la oposición.
Pero cualquiera hubiese sido el contenido o el "signo ideológico" del discurso del niño (repárese en el absurdo), a la Presidente de la Nación debió llamarle la atención, cuanto menos, que un niño de tan corta edad, afectado además de una discapacidad notoria, se comportase en ese momento como un adulto. Es decir, que la Presidente debió preocuparse y no alegrarse por el hecho de que un niño no se estuviese comportando como lo que es -un niño- y que lo hiciera para influir en el mundo de los adultos.
La Presidente estaba obligada de algún modo a evaluar si detrás de aquella aparente espontaneidad, no había adultos que estuvieran forzando contra natura la personalidad del niño, como obligada estaba a reflexionar, desde su autoridad, si el niño estaba cumpliendo allí una función que no le corresponde cumplir. Máxime si se tiene en cuenta que la intervención del pequeño se produjo en un ámbito completamente ajeno al mundo de la infancia, como es el de un acto político partidario de corte netamente proselitista.
Es impensable, y desde luego indeseable, que la Presidente de la Nación considere normal el hecho de que un niño "milite" en un partido político. La militancia, esto es, la actividad de quien figura en un partido está estrechamente relacionada con el pleno ejercicio de los derechos políticos, algo que, por razones mucho más que obvias- solo se alcanza con la edad adulta.
Si se tiene en cuenta que la Presidente, además de cabeza del gobierno y del Estado, es madre, abuela y jurista, lo menos que cabía esperar era que, frente a la frivolidad de las personas que acompañaban al niño en su aparición por televisión, la Presidente hiciera un gesto de autoridad para saber si los padres y guardadores legales del niño estaban de acuerdo con la utilización de su imagen con finalidad política, así como para indagar si aquel insólito discurso militante no era en realidad producto de un acto de explotación de un niño, que está afectado, además, de discapacidad intelectual y retraso madurativo.
En pocas palabras, que cabe preguntarse si en aquel momento la Presidente de la Nación no hizo dejación de su deber legal de protección al consentir que personas adultas permitieran que un niño de corta edad hiciera una aparición pública para expresar opiniones tan visiblemente alejadas del mundo infantil (o de la discapacidad) y de sus necesidades o intereses, como son la política, las elecciones, la militancia o "La Cámpora".
La Presidente -tan inclinada a declamar sobre el derecho a la igualdad- incurrió en el error de ver la discapacidad antes que al niño y dejó que el acto de explotación continuara (cuando pudo haberlo interrumpido) para que nadie pudiera pensar ni decir luego que privó a una persona con discapacidad de la posibilidad de expresar en público una opinión política.
Pero no se trató de una opinión política cualquiera, ya que el niño no se refirió a la paz en el mundo ni a la concordia entre los seres humanos -temas habituales en el discurso infantil- sino que repitió varias veces "los comemos, Cristina... los comemos, Cristina". Esta expresión pone de manifiesto un inusualmente elevado nivel de violencia verbal con significado y motivaciones políticas, que si ya es intolerable entre los adultos, mucho más lo es cuando afecta a niños que carecen de la edad y la madurez suficiente.
La Presidente de la Nación en ningún caso debió permitir este abuso, que, insistimos, hubiera sido igual de lamentable si el discurso "político" del niño hubiese sido contrario al gobierno y favorable a la oposición. La Presidente no debió prestarse alegremente a un acto de explotación de estas características, que no solo denigra a su partido, sino al conjunto de las instituciones del Estado que preside y avergüenza a los ciudadanos de un país que presume de cuidar a sus niños y a sus personas más vulnerables.