Con el correr de las horas, el todavía Intendente de Salvador Mazza, Carlos Villalba, se ha convertido en una de las celebridades más incomprendidas y malinterpretadas del planeta, solo por detrás de la exsenadora nacional Chiche Duhalde, de la atleta rusa Yelena Isinbayeva y del periodista Diego Comba. El Intendente -que el pasado jueves fue sorprendido semidesnudo por una partida de federales en el interior de una vivienda que funcionaba como casa de tolerancia- intentó por todos los medios a su alcance aclarar el porqué de su comprometida situación argumentando para ello que se encontraba en una "casa de familia". Su relato, empero, no parece creíble.
Tampoco resulta muy coherente la explicación de los hechos ofrecida por el Delegado Regional del NOA del Ministerio de Seguridad, señor Silvio Manino Leal, quien, contradiciendo la versión de Villalba, dijo que "no había dudas de que se trataba de un prostíbulo privado".
Estas dudas tampoco las pudo tener -racionalmente- el intendente Villalba, por cuanto desde los orígenes de la prostitución en nuestro país y como ocurre en prácticamente todas las civilizaciones, los prostíbulos son privados. Salvo rarísimas excepciones, que quizá puedan darse en lugares como Salvador Mazza, no son conocidos entre nosotros los prostíbulos públicos o de titularidad estatal y los prostíbulos de "economía mixta".
El problema consiste ahora en determinar qué clase de familia fue la que visitó Villalba durante la madrugada del jueves, ya que -según el diario La Gaceta- la morada familiar estaba equipada con barra, luces bajas, música y juguetes sexuales.
Es de imaginar la sensación de horror que habrán experimentado los agentes federales al encontrarse en el lugar con ese tan peculiar (y nunca mejor dicho) ajuar doméstico. La sensación tiene que haber sido, sin dudas, sobrecogedora, y si no que se lo pregunten al intendente Villalba.
Encontrar "luces bajas" dentro de una casa es tan aberrante como encontrarse con luces de posición y luces de freno. Debió darse intervención a la Dirección de Tránsito. Solo en los hogares más inmorales hay "barras", pues en los más decentes se suelen utilizar aerosoles y spray. ¡Qué decir de la música! ¿En qué hogar cristiano que bien se precie se puede hallar música? Como todos sabemos, la música está a bordo de los colectivos, a todo volumen, pero no en la recatada intimidad del hogar familiar.
Lo más grave, sin dudas, es el hallazgo en el mismo allanamiento de 17 juguetes sexuales. La Gaceta dice que fueron 17 juguetes "sexuales". Las comillas irónicas son del diario tucumano, que sorprendentemente no puso en entredicho con aquellos signos el carácter de "juguete" de los artilugios, sino que dudó del carácter "sexual" de los mismos. Este pequeño detalle inclina a pensar que los agentes federales, o los propios periodistas, probaron las bondades de los aparatitos antes de dar a conocer públicamente su inmoral hallazgo.
Ambiguas declaraciones
Las posteriores declaraciones de Villalba fueron un canto a la ambigüedad (comunicacional, no sexual). Veamos.Dicen que el Intendente dijo que había llegado a la casa en la que fue hallado para compartir una cena con otras cuatro personas, y señaló que el lugar podría ser un prostíbulo, aunque aclaró no tenía certezas.
Eso de "compartir una cena" sin detallar el menú, hace sospechar que el Intendente fue a aquel tugurio a buscar una clase especial de comida. Lo de las "cuatro personas" (con él cinco) podría estar poniendo de manifiesto tanto la afición del jefe comunal por las «fiestas» como cierta asimetría en el reparto de responsabilidades organizativas. A menos que uno de los convidados ejerza de camarógrafo.
Pero lo que sin dudas constituye un error de desgrabación, es la frase "señaló que el lugar podría ser un prostíbulo, aunque aclaró no tenía certezas". En realidad, Villaba dijo que el lugar "no tenía cervezas".
En efecto, cuando al Intendente, en medio de la cena, se le ocurrió catar la birra familiar, le dijeron que no había y fue entonces cuando empezaron a aparecer de las habitaciones contiguas señoritas vestidas solamente con lencería sugerente. Fue en ese momento -y no antes- que Villalba empezó a pensar... "Caramba ¡Qué casa más rara!" y a sospechar que se hallaba en un prostíbulo.
Más tarde, la autoridad comprobó que las contoneantes señoritas no eran lo que el Intendente suponía sino que se trataba de seres humanos reducidos a la esclavitud de la forma más vil por una poderosa y criminal red de trata.
Lo más grave es que la Policía Federal no se tragó el cuento de la falta de cervezas en la casa de familia y sospecha ahora que el Intendente detenido no solo disfrutaba a menudo de este tipo de banquetes nocturnos sino que también oficiaba como enlace de la malévola red, llevando y trayendo mercancía desde la frontera en medios de transporte especialmente acondicionados.