Cronograma de distribución de vergüenzas sociales

Los salteños -pecadores y no pecadores- nos acordamos de Santa Bárbara solo cuando truena. Aunque las fuerzas de la naturaleza tienen en Salta una particularidad: cada vez que se ponen en marcha dejan al descubierto nuestras peores vergüenzas sociales; las mismas que el gobierno -y muchas veces también los propios afectados- se empeñan en ocultar.

Solo cuando la población comienza a tiritar dentro de sus casas nos acordamos de que más de medio millón de salteños malvive en casas precarias y el resto (casi un millón más) lo hace en viviendas que no están preparadas ni para el frío ni para el consumo de energía inteligente.

Las bajas temperaturas también hacen que dos tercios de nuestra población dependan para calentarse o preparar la comida de las garrafas de gas (lo mismo que hace setenta años), y que el tercio restante sufra severas restricciones en el uso del gas natural domiciliario por la baja presión en las tuberías que lo transportan.

Las fuerzas de la naturaleza son las que, cada cierto tiempo, se encargan de desmentir con rotundidad el triunfalismo de los que aseguran haber acabado con la pobreza en Salta, así como de poner en ridículo a los que manipulan las estadísticas y los indicadores de bienestar de nuestra población.

Aunque no formen partidos, ni tengan legisladores ni concurran a las PASO, los sismos, los vientos zonda, las inundaciones, las heladas y las tormentas constituyen hoy por hoy la principal fuerza de oposición al gobierno.

Son estos fenómenos de la naturaleza los que destapan la corrupción, la ineptitud, la desidia, la venalidad y la falta de acierto de los gobernantes, sin que para ello precisen de debates y de denuncias escandalosas.

Basta con ver en Salta el espectáculo denigrante de la distribución de garrafas sociales para darse cuenta de que el combate contra la pobreza está siendo librado por una tropa de reclutas improvisados sin ninguna preparación. Es suficiente ver a ese humilde morador de los asentamientos con una garrafa montada en la bicicleta para darse cuenta de que alguien vive del inmoral negocio de la fidelización de la pobreza.

Lo más alentador de todo, dentro de este gris panorama, es que cuando llega esta época, el frío se cuela tanto por el agujero del rancho mal tapado con latas de leche Nido aplanadas, como por las encopetadas ventanas de quebracho colorado de las mansiones de los millonarios, que así como no han aprendido en cien años a defenderse del pobre, tampoco saben cómo defenderse del frío.

Una sociedad democrática no solo es aquella en donde el frío castiga por igual a todos, sino donde todos son capaces de experimentar la misma vergüenza frente a la desigualdad social y el avasallamiento de la dignidad de los ciudadanos menos favorecidos.