Chapas y tanques de agua, juguetes del viento son

Urtubey presume de haber transformado Salta y de haber acabado con la pobreza, pero las fuerzas de la naturaleza, que de tanto en tanto se abaten sobre los que aquí vivimos, desmienten sus osadas presunciones.

La Municipalidad de Salta, que ahora parece dispuesta a ejercer su responsabilidad en materia de prevención de desastres naturales, ha emitido un aviso para exhortar a los habitantes de la ciudad a que aseguren las chapas y los tanques de agua de sus casas, así como a que retiren de terrazas, veredas y balcones todos aquellos objetos que puedan ser arrancados por el viento, que se calcula que soplará con intensidad en la jornada de hoy.

El aviso está muy bien, pero solo pensar que todavía hay salteños que viven bajo techos de chapa y cuya provisión de agua depende, entre otros factores imprevisibles, de que se llenen los depósitos que se hallan en los mismos techos, da un cierto escalofrío.

Las chapas y los tanques son auténticos iconos de la pobreza más siniestra que aún forma parte del paisaje de la Salta no tan profunda.

Obsérvese que la recomendación de atar las chapas o de colocar encima de ellas objetos pesados para que no se vuelen con el viento, no se dirige a los habitantes de un paraje aislado de Santa Victoria Este, ni a los de un barrio periférico de Rosario de Lerma, sino a los vecinos de la bien equipada y señorial ciudad de Salta, epicentro de la economía provincial, punto neurálgico del turismo y meridiano del 'bienestar' de que disfrutan los salteños.

Los techos de chapa y los tanques de agua son indicadores muy fiables de la existencia de viviendas precarias y de servicios públicos ineficientes. O lo que es lo mismo, de un bajo índice de desarrollo humano.

Es como si la Municipalidad hubiese recomendado atar a los perros callejeros a los postes de alumbrado, guardar las gallinas, tapar las letrinas, encadenar chanchos y garrafas o salir a comprar velas para alumbrarse.

Esa pobreza que se mantiene semioculta entre la miopía gubernamental y el orgullo indomable del pobre, aflora cuando el viento Zonda destapa las viviendas precarias, derriba paredes endebles o convierte a los tanques de agua en objetos voladores no identificados.

Sería muy bueno que algún día la Municipalidad emitiera un alerta que dijera: "Señor vecino de la ciudad de Salta: ante la inminente llegada del Viento Zonda, le recomendamos que aparque su Audi A8 bajo techo y que, en la medida de lo posible, se abstenga de volar en su avión privado".

De momento, un alerta de estas características solo valdría para Urtubey, Romero, Olmedo, Parodi, Cil y un puñado de ricachones que no conocen lo que son los techos de chapa ni los tanques de agua, y a los que, aun cuando el viento está calmo, se les vuelan las pocas ideas que tienen en la azotea.