Enriquecimiento implícito

El enriquecimiento, entendido como el proceso por el que las personas alcanzan rápidamente un grado notable de prosperidad, tiene muy mala prensa. La riqueza, en cambio, todavía goza entre nosotros de una cierta buena fama.

De lo anterior no cabe sino concluir que lo que molesta a una mayoría de gente no es la existencia de los ricos en sí misma; es decir, que no nos incomoda que existan los ricos de siempre o que estos posean alegremente sus riquezas, sino más bien el camino que algunos -que antes no eran ricos- recorren hacia la tan apetecida prosperidad.

A diferencia del empobrecimiento, que solo disgusta a quien lo padece, el enriquecimiento del que hablamos enfada a pobres y a ricos por igual: A los primeros, por obvias razones de justicia distributiva; a los segundos porque cuantos menos ricos haya siempre será mejor.

Hay, por tanto, un doble rasero moral a la hora de separar a los más pudientes en dos grupos: los "ricos" y los "enriquecidos".

En una sociedad con amplias franjas de población sumidas en la pobreza, la posesión de bienes materiales en cuantía que excede varias veces las necesidades presentes y futuras de un individuo -y las de su familia, por varias generaciones-, sea que se trate de una prosperidad ancestral o de una recientemente alcanzada, constituye una clara anomalía, algo que se debe corregir de la forma más urgente posible.

Pero lo que sin duda molesta más a los ciudadanos comunes, hasta el extremo de llegar a indignarlos, es el hecho de que las grandes fortunas conocidas no son amasadas o incrementadas en base al mayor esfuerzo o mérito de quienes las poseen sino por mor de su mayor proximidad y simpatía con el poder político.

Estamos llegando a un punto, realmente preocupante, en el que ni los ciudadanos ni los políticos entienden ya el ejercicio del poder público sin el añadido de una cuantiosa fortuna personal, que es lo que en definitiva termina -según ellos- dando sentido al paso por el poder, por no decir que al poder mismo.

A la inversa, en sociedades como la nuestra, ser pobre es la mejor forma de mantenerse alejado del poder, de sufrirlo sin remedio, y de tener casi garantizado que nunca se accederá a él.

Pero una sociedad en la que el camino más directo y seguro hacia la prosperidad personal y familiar es el desempeño de un cargo público es una sociedad enferma, que se deshace a pedazos.

Una sociedad que da por hecho -y muchas veces por bueno- que sus funcionarios deben aprovechar su paso por las oficinas del Estado para solucionar de una vez su vida y hasta la de sus bisnietos, es una sociedad que alimenta silenciosamente el germen de su futura destrucción.