Los cuantiosos beneficios económicos y sociales que el gobierno concede a las llamadas «comunidades originarias» han hecho aflorar una serie de actuaciones aprovechadas y tramposas por parte de algunos que, valiéndose de ciertos rasgos propios del mestizaje, simulan ser 'originarios', descendientes directos de Huayna Capac. El fraude a veces utiliza como vehículo a las comparsas de carnaval y como reclamo a sus coloridos disfraces indígenas, pero otras veces los pícaros acuden a las convocatorias oficiales a cara lavada, poniéndoles así las cosas muy difíciles a quienes tienen asignada la siempre delicada tarea de discernir cargos y demás prebendas.
¿Cómo distinguir a un ejemplar prístino de aborigen de un tramposo residente en Villa Juanita?
El asunto se ha puesto tan difícil para las autoridades que una jueza de Tartagal ha debido recurrir a un peritaje antropológico para determinar la exacta filiación 'originaria' de una comunidad que tiene declarada una guerra abierta contra el monte nativo.
Solo hasta ayer eran los médicos, los contadores públicos, los expertos en balística, los asistentes sociales y los psicólogos los principales auxiliares de la Justicia, pero desde que esta picaresca indígena ha aflorado, los antropólogos -profesionales tranquilos donde los haya- se han sumado a la variopinta fauna de los tribunales.
No es del caso suponer que un perito antropólogo se limite a realizar una especie de "ambiental" a los falsos originarios. Se supone que estos profesionales están en posesión de herramientas científicas mucho más sofisticadas, como por ejemplo el análisis de las vasijas y el ajuar hogareño que utiliza el presunto originario, sus ritos religiosos y funerarios, su lengua o su forma de alimentación.
Así por ejemplo, si el perito descubre que el 'originario', en vez de cazar peces a punta de lanza en el Pilcomayo, se atiborra de pizza congelada del supermercado y alimenta a su prole con chizitos, he allí un indicio de una probable falsificación de identidad antropológica.
Del mismo modo, si se llegara a comprobar que en vez de vajilla de prolija alfarería vernácula utiliza envases de Coca Cola de 2 litros y medio para guardar sus brebajes, emerge la sospecha de un fraude.
Qué decir si entre la iconografía hogareña del presunto aborigen se halla una estampita de monseñor Cargnello o una imagen de la Virgen de Luján bendecida por monseñor Bernacki. O si el sujeto originario tiene suscrita una póliza de sepelio con Pieve, con parcela en un cementerio privado y todo.
Tal vez, si el antropólogo somete al objeto de su estudio a una prueba escritura, descubra que el hombre (o la mujer) maneja con maestría la lengua de Cervantes y que, al contrario, es incapaz de poner sobre el papel dos palabras juntas escritas en dialecto chorote.
En resumen, que el peritaje antropológico es una especie de tomografía axial computerizada de la cultura de una persona cualquiera, que puede poner de manifiesto aspectos sorprendentes de la realidad vital de esa persona.
Tan delicado es el tema, que algunos de estos comparsantes que usurpan terrenos ya están pensando en plantear ante los jueces la inconstitucionalidad de la invasión antropológica en sus comunidades, en resguardo de su sacrosanto, preconstitucional y preincaico derecho a la intimidad.