Si algo caracteriza a un monumento que bien se precie es su cualidad de inmodificable. Una vez que se ha erigido esa obra pública y patente de la que habla el Diccionario, lo suyo es que permanezca tal cual, sin cambios, para siempre. Cierto es que hay determinados monumentos que una vez terminados presentan errores (de construcción, lingüísticos en sus inscripciones, de emplazamiento, etc.) que hacen a veces aconsejable que se acometa su corrección, siempre discreta. Pero no es menos cierto que el signficado simbólico de los monumentos -esto es, la memoria de una acción heroica u otra cosa singular que se pretende perpetuar- es virtualmente inmodificable.
En otros términos, que un monumento no puede ser erigido un día para recordar un suceso y al día siguiente ser modificado (en sus formas exteriores o en su simbología) para recordar otro suceso diferente.
Y si tal modificación fuese llevada a cabo, es lógico suponer que tal obra perdería de forma inmediata y automática su cualidad y condición de monumento. Se convertiría, en el mejor de los casos, en una especie de tablón de anuncios de corcho en el que cualquiera puede colgar con una chinche lo que se le ocurra.
Lo que está sucediendo ahora mismo con el (justa o injustamente) vilipendiado Monumento al Combate de Manchalá, erigido en un terreno que el Ejército Argentino posee en la ciudad de Salta, no es otra cosa que una demolición simbólica.
Los enemigos de la obra (un adefesio de ladrillo de mucho cuidado que desde hace décadas constituye el paradigma de la polución estética urbana), tras fracasar en su intento de demolición por medio de la piqueta, se han decantado por esta especie de demolición virtual que consiste en confundir al ciudadano, al transeúnte, sobre el verdadero significado o calado histórico del suceso cuya memoria el exmonumento pretendía perpetuar.
Al cambio, es como si un buen día se decidiera quitarle la cabalgadura a la estatua ecuestre del General Güemes y sentar al prócer sobre una mecedora, o desclavar al Señor del Milagro de su histórica cruz y colocarlo sobre una peana, en la misma pose que John Travolta inmortalizó en la película Saturday Night Fever. En nombre del revisionismo, todo o casi todo es posible.
Dejar en paz a los monumentos es dejar en paz a la historia o, mejor dicho, hacer las paces con ella. Derribar estatuas o cambiar la fisonomía de los monumentos, en nombre de vaya a saber uno qué ideología, solo sirve para dejar a la vista de todo el mundo nuestra inveterada debilidad por los enfrentamientos políticos e ideológicos, nuestra profunda incapacidad para convivir, no ya con el presente, sino con el pasado. Lo cual, visto desapasionadamente, es bastante preocupante.
El ataque a los monumentos es, por decirlo en muy pocas palabras, un signo de una estupenda enfermedad mental colectiva. Le convendría a algunos concejales de Salta hacérsela ver por alguien que entienda.