Nadie duda de que don Roberto Casas -un activo y piadoso hombre de la iglesia católica salteña, ya fallecido- merece un homenaje público y de pública notoriedad. Ésa no es la cuestión. Lo que hace chirriar los goznes de la ciudadanía es el hecho de que tal homenaje, en vez de practicarse en un espacio de la propia iglesia -que sería no solamente lo justo y adecuado, sino además lo que le hubiera gustado al homenajeado- se lleve a cabo en un lugar llamado a mantener la neutralidad religiosa, como es la vía pública.
Más llamativo todavía es el hecho de que el homenaje al ilustre laico no lo realice la iglesia per se, sino organizaciones que funcionan en su seno, pero no con la bendición oficial de la propia iglesia, como hubiera sido deseable, sino con los beatíficos auspicios y avales del gobierno provincial.
Es realmente curioso, porque aunque la ceremonia estuvo presidida por el Vicegobernador (y cuasiarchimandrita), Andrés Zottos, este gesto demuestra, una vez más, que aquello de la separación entre la potestad temporal y la potestad espiritual es algo que no comulga -y nunca mejor dicho- con los principios del gobierno.
Pero el homenaje a Casas -muy merecido, insistimos- es un mal homenaje, por cuanto ahora su nombre, en vez de conferir identidad y singularidad a un atrio, al banco de una iglesia, a una escuela parroquial, a un grupo de oración, o, si se quiere, a una plaza, a un parque o a un puente, sirve para denominar a una "platabanda"; es decir, a una fracción no demasiado significativa de la vía pública que, hasta este tremendo arrebato de creatividad del gobierno, no solía recibir ningún nombre.
Hubiera dado igual ponerle el nombre de Casas a un árbol, a una piedra del Cerro San Bernardo, a un poste de luz de EDESA o al cordón de la vereda, ya que tampoco éstos son objeto de un bautismo oficial por parte de la autoridad. Los homenajes no solo tienen que ser sinceros sino también ser reconocibles por la mayoría de la gente. Y éste, sin dudas, por el objeto elegido, no lo es.
Es también un mal homenaje porque la placa colocada sobre la divisoria de la avenida Sarmiento lleva inscrita la palabra "platabanda" en caracteres tan grandes como el nombre del homenajeado. Un lamentable error, ya que quien la diseñó, si optaba por poner la palabra en letras más pequeñas, podría haber evitado referirse a la Acción Católica Argentina por sus siglas (A.C.A.), que también identifican a otra prestigiosa entidad civil argentina.
Y, por último, es un mal homenaje porque "platabanda" es una expresión incorporada a nuestro lenguaje a los ponchazos y carece de un significado claro y preciso, en arquitectura o urbanismo.
Nuestro idioma llama de dos formas a los elementos físicos que sirven para separar vías con dirección contraria de circulación. Una de estas palabras es "mediana", que generalmente se emplea en autovías y autopistas; y la otra es "bulevar", cuyo significado es paseo central arbolado de una avenida o calle ancha.
Es muy poco probable que, a partir de mañana mismo, los salteños que deseen en encontrarse en un punto concreto de la ciudad digan: «Te espero en la Platabanda Roberto Vicente Casas, a las nueve menos cuarto», y que lo hagan con la misma naturalidad con que -solo hasta ayer- decían te espero en el Monumento a Güemes, en el Parque San Martín o en la Florida y Mendoza.
Lo más probable es que, por su peligroso emplazamiento, este nuevo punto de la toponimia urbana solo sirva para que los sumariantes de Tránsito escriban en sus atestados: «El Peugeot 308 quedó enroscado en una farola ubicada sobre la Platabanda Roberto Vicente Casas».
¿Es esto un buen homenaje?