Las setas calefactoras, nuevas dueñas del paisaje urbano en España

Setas calefactorasLa prohibición de fumar en espacios públicos cerrados, como los bares, ha llevado a los hosteleros españoles -con la necesaria complicidad de los ayuntamientos- a llenar las calles de unos espantosos artefactos de aspecto humanoide llamados "setas calefactoras".

Estos aparatos tienen por misión cuidar la salud de los fumadores procurando evitar que tomen frío -lo que puede hacerle mal a sus pulmones- mientras practican su afición favorita al aire libre, ya que legalmente no pueden hacerlo en los recintos cerrados.

Las setas calefactoras comenzaron a proliferar en Francia, cuando entró en vigor la ley antitabaco de 2008. Entonces, los hosteleros franceses decidieron recurrir a la calefacción a gas para sus terrazas, que se sumaba así a la protección de las tradicionales "cortinas de ducha", esos plásticos transparentes tan característicos de los cafés parisinos.

Algo parecido sucedió en Madrid después del 2 de enero de 2011, fecha en que entró en vigor la última y muy rigurosa ley antitabaco.

El caso es que, el pasado mes de marzo, el Ayuntamiento de París decidió prohibir la calefacción a gas en los bares y, de paso, también las cortinas de ducha. Los propietarios de bares y cafeterías deberán desprenderse de estos elementos en un plazo de dos años, del que ya ha transcurrido casi uno.

Si bien la medida parisina ha sido justificada con argumentos medioambientales (el empleo de energías no renovables), es indudable que lo que se pretende es que la gente no fume o que fume menos, por lo que este hábito supone para la salud y para las arcas públicas. Ahora los cafés parisinos solo pueden utilizar calefacción eléctrica (con ciertas restricciones) y, en el mejor de los casos, proporcionar mantas a los fumadores y a quienes les acompañan.

Lo curioso es que el mismo día en que el Ayuntamiento de París adoptaba esta medida, el de Madrid aprobaba una ordenanza para permitir la instalación de mesas y sillas en las calles durante los 12 meses del año, invierno incluido, lógicamente.

La permisividad española se traduce, pues, en una ancha vía libre para los calefactores callejeros, sean de gas o de electricidad, que algunos ayuntamientos hasta subvencionan. La única limitación la establece el Ministerio de Industria, que solo verifica si el aparato en cuestión funciona bien o no.

Si bien el Ministerio de Industria no advierte ninguna amenaza medioambiental en el funcionamiento de estos aparatos, resulta realmente irritante comprobar cómo en las calles hay enormes estufas a cuarzo con gruesas velas al rojo vivo para calentar a un solo parroquiano, o a veces a ninguno. Cualquiera que pase por allí se da cuenta que un aparato que consume unos 5.000 vatios no solo representa una amenaza para la Red Eléctrica Española (siempre al borde del colapso) sino también para todos los ciudadanos que necesitan electricidad para sus hogares.

Acercarse a la terraza de un bar cualquiera suponía, hasta ahora, tener que respirar el humo no deseado del tabaco; una especie de cortafuegos que los parroquianos no fumadores de un bar deben atravesar a diario, igual que cualquier ciudadano cuando se ve obligado a trasponer las puertas de una oficina pública o de un centro comercial, en donde personas sin autocontrol se agolpan a fumar desesperadamente.

Ahora, además de la nube de humo y del olor a tabaco, los viandantes deben sortear el abrasador fogonazo de las pantallas y el monóxido de carbono que desprende su combustión, muchas veces imperfecta.

Los criterios medioambientales de los ayuntamientos de la Comunidad de Madrid son incomprensibles, pues si las famosas setas no suponen un aumento de las emisiones (lo cual es sumamente dudoso, incluso en el caso de la calefacción eléctrica), no puede decirse lo mismo de la agresión estética que suponen.

La solución de las mantas parece impracticable de este lado de los pirineos. A menos que el Ministerio de Industria acierte a imponer la de-ionización y la ozonización obligatoria de las mantas, para asegurarse al menos que después de un café en la terraza los parroquianos no queden impregnados de los olores corporales de quienes utilizaron las mantas antes que ellos, y luego deban someterse a un tratamiento capilar con salsa de tomate.