Se apagan las luces de neón en el Elíseo y llega una dama discreta

Carla Bruni y Valerie TrierweilerLuego de unas reñidas elecciones en las que los dos candidatos a la presidencia de Francia han luchado voto por voto, cada uno a su manera, todo hay que decirlo, finalmente el gran triunfador ha sido el socialista François Hollande.

Un hombre 'normal', de carácter apacible y conciliador, que hace cinco años estuvo a punto de convertirse en 'primera dama'. Pero el destino le tenía preparada otra cosa y es así que en una lluviosa mañana de mayo ha sido proclamado presidente de Francia.

A su lado, Valerie Trierweiler, una bella mujer de discreta apariencia y rostro amable. Periodista, separada, madre de tres hijos y trabajadora como tantas otras mujeres, se ha convertido en la Primera Dama de Francia y todos los ojos se han posado en ella.

Quiere marcar distancia con la anterior dama del Elíseo, Carla Bruni Sarkozy, y lo ha dejado muy claro al declarar que no será una mujer 'potiche' y lamentar la suerte de Nicolas Sarkozy al tener una esposa a la que no le gusta la política.

Asume su nuevo puesto con inteligencia, sabiendo que deberá vestirse con la elegancia que se espera de una Primera Dama pero quiere seguir llevando prèt â porter, seguir siendo una mujer trabajadora, sensata y con ideas propias.

En cambio, se quita los ropajes de Primera Dama una mujer que llegó y no dejó callado a nadie. Modelo de gran éxito, cantante, con una legión de amantes y que, tras posar desnuda, declararse de izquierdas y cantar al mundo las canciones más apasionadas, de un plumazo quiso borrar las fotos, apagar la música, negar los amores, visitar al Papa por las dudas y comprarse un guardarropas digno de Farah Diba, para encandilar a los franceses y silenciar a todos con su belleza despampanante.

Nadie olvida su viaje oficial a Inglaterra, en donde brilló más que nadie y se comportó como una auténtica dama.

Pero lejos ha quedado ese recuerdo. En los momentos en que su marido, el presidente Nicolas Sarkozy, la necesitaba bella, sonriente, derrochando glamour y besando niños por doquier, se dejó ver desarreglada, a cara lavada, sin pizca de gracia, dando qué hablar por los excesos con el bótox y, lo verdaderamente imperdonable en una mujer con su estilo y su cargo, la dejadez en su forma de vestir.

Acompañó a Sarkozy al debate, a la primera votación y a la segunda, con unos pantalones y pullóveres que no parecían apropiados para una dama de Francia, no iba al supermercado precisamente sino, más bien, a decidir los destinos de Francia y de toda Europa.

Y si parece que exageramos un poquito la nota, para confirmar nuestras palabras, basta con ver las fotografías de la salida del Palacio del Elíseo en la mañana del 15 de mayo. Otra vez un pantaloncito, una chaqueta que le queda chica, el pelo al viento. En fin, todo su glamour se fue cuando el presidente comenzó a pelear con uñas y dientes por aferrarse a una presidencia que ya no es más la suya.

El declive de la imagen es una clara muestra de que nuevos tiempos se viven en Francia y que la suave brisa fresca de la Primera Dama, Valerie Trierweiler, promete recorrer Europa.