La larga lista de palabras polivalentes que nuestros comprovincianos suelen emplear para adornar los discursos más huecos pero que carecen de un significado preciso tiene, indudablemente, un vocablo rey: institucionalidad. Nadie sabe lo que esta sonora palabra, infaltable en el vocabulario de todo buen aprendiz de dictadorzuelo, significa de verdad. Algunos la relacionan con la vigencia de la constitución; otros asimilan la idea con la más técnicas expresiones "imperio de la Ley" y "estado de Derecho". Pero la mayoría la vincula con una idea difusa de la existencia y el funcionamiento de las oficinas públicas, que, por cierto siempre han existido y casi siempre en el estado lamentable en que hoy las conocemos.
Ahora la lista se ha ensanchado con la palabra "libertinaje", que para el Diccionario significa dos cosas bastante claras (desenfreno en las obras o en las palabras y falta de respeto a la religión), pero que para los salteños -incluidos algunos letrados- se identifica con todos los vicios conocidos y por conocer, especialmente con el disfrute de los placeres de la carne (y no precisamente la vacuna).
Ha quedado de manifiesto recientemente en los estrados judiciales que en una conocida calle de Salta, promocionada hasta la saciedad por el gobierno provincial por la autenticidad de los atractivos turísticos que ofrece, al parecer se ofrece algo más que espectáculos y bebidas de baja calidad. Según se desprende de ciertas manifestaciones vertidas en sede judicial, en esta calle se ofrece también "libertinaje" en forma de escandalosos y vergonzantes vicios, que pueden ir desde el consumo de drogas a la oferta sexual indiscriminada.
La existencia más que probable de estos espacios de vida licenciosa debajo de la fachada de sitios de fiestas, espectáculos y esparcimiento es algo que, más que denigrar a sus propietarios, debiera avergonzar al gobierno, pues debajo de sus propias narices, mientras los inspectores se dedican a mirar si las humitas están bien o mal atadas y se aplican multas millonarias por nimias transgresiones a la normativa que protege a los consumidores, bulle al parecer un submundo de excesos y de descontrol de los sentidos que, por lo que se especula, no solo constituye una afrenta a las buenas costumbres y al sentido común, sino que, por su alta peligrosidad, es capaz de poner en riesgo la seguridad y la vida de las personas.
Dicho esto, no cabe más remedio que concluir que la existencia del tan mentado "libertinaje" en pleno corazón de la Salta noble y señorial de la que todos (pero especialmente el gobierno) se enorgullecen, se debe a la ausencia total de "institucionalidad".
O quizá sea mejor decir y, por qué no, reconocer que nuestra institucionalidad, esa misma que llena la boca y dispara el orgullo de más de uno, es en realidad puro libertinaje.