Hace un cierto tiempo, un funcionario del transporte con aguda visión de futuro decidió que los taxistas y remiseros de la ciudad de Salta debían recibir clases de idioma inglés para comunicarse mejor con los turistas que nos visitan. El resultado de este singular programa de apertura del transporte a otras culturas está a la vista: Nuestros taxistas y remiseros, hasta ayer monolingües, se desenvuelven hoy con gran soltura en otros idiomas, y son capaces, llegado el caso, de seducir en solo un par de cuadras a jóvenes turistas extranjeras.
Si la noticia de la presunta violación de una turista en las oscuras calles de los faldeos occidentales del Cerro San Bernardo cayó como una bomba en la sociedad salteña, un impacto mucho más terrible han tenido las declaraciones del supuesto violador para negar enfáticamente los hechos de los que se le acusa.
Es realmente sorprendente la versión del taxista que afirma que en una o dos cuadras consiguió "ponerse de novio" (sic) con una turista extranjera (salvo la ayuda de un semáforo, dos cuadras no alcanzan para formular el intercambio verbal de rigor); y que, como consecuencia del fulminante arrebato amoroso, ambos terminaron manteniendo relaciones sexuales consentidas en la parte trasera del vehículo en el que viajaban.
Aunque nadie nos lo haya contado aún, es muy posible que el protagonista de la historia, antes de emprender la carrera hacia el shopping, circulara por la zona de la Terminal de Ómnibus canturreando aquello de "eran las diez de la noche piloteaba mi nave... era mi taxi un Volkswagen del año 68. Era un día de esos malos donde no hubo pasaje... las lentejuelas de un traje me hicieron la parada. Era una rubia preciosa llevaba minifalda; el escote en su espalda, llegaba justo a la gloria..."
Nadie duda de los encantos, visibles u ocultos, del irresistible taxista salteño, que incluso puede entonar mejor que Arjona (lo cual no es muy difícil que digamos).
Pero la cuestión ya no estriba en juzgar si es legal o no violar a una pasajera desviándola de su ruta, sino, en todo caso, si es razonable y legítimo -desde el punto de vista de la seriedad que debe ofrecer este servicio- que un taxista, que se encuentra trabajando y prestando un servicio público, decida súbitamente "cambiar el chip" y modificar a voluntad los términos del contrato de transporte.
Es decir, tenemos que preguntarnos si está bien o mal que, en cuestión de segundos, un servidor público salteño se convierta en un fauno lascivo y voluptuoso, capaz de abandonar el volante, la ruta y el servicio para beneficiarse a una desprevenida ninfa.
Porque hay un momento y un lugar para todo. Al menos, tratándose de taxis y remises, debería haberlo.
Si al final el juez de instrucción resuelve que no hubo violación, será el momento para que tome cartas en el asunto la ingeniera Adriana Pérez, presidente de la Autoridad Metropolitana de Transporte de Salta. La funcionaria debe sancionar de forma urgente una ordenanza que prohiba a los taxistas y remiseros: 1) ponerse de novios en horas de servicio, 2) llevar preservativos a bordo de la unidad, 3) mantener relaciones sexuales entre bajadas de banderas y 4) escuchar las canciones de Ricardo Arjona mientras que esperan que un pasajero los aborde.
El sindicato de taxistas de Salta debería salir también a defender la honorabilidad del servicio y la caballerosa seriedad de sus trabajadores afiliados, dejando claro que no forma parte de la ética profesional el intimar con los pasajeros hasta estos límites.
O el transporte de Salta es serio, o no es transporte, es pura joda. Y si fuese éste el caso, la tarifa tendría que ser diferente.