Hace algunos meses, una persona muy cercana y muy querida me dijo: "Cuando vuelvas a Salta, la solidaridad familiar va a estar, como siempre". Nunca supe exactamente por qué razón esa misma solidaridad no estuvo ni está disponible mientras me fue y me sigue siendo indispensable en el extranjero. Otra persona, ya no tan cercana, me dijo hace unos días: "Cuando vuelvas a Salta nos vamos a sentar a tomar unos vinos, y a recordar viejas épocas".
Inmediatamente pensé que tan magnífica invitación, de llegar a concretarse, me permitiría recordarle a mi amigo, que no tomo vino. Que nunca tomé y que no me arrepiento de ello.
Tal vez me permitiría recordarle también que es él quien viaja a Europa unas dos veces por año, que dos veces pasa por aquí; que nunca se ha acordado de llamarme, y que aquí donde yo vivo también hay vino y buenos sitios en donde sentarse a recordar. Es absurdo que me cite en Salta.
La gota que colmó el vaso llegó hoy cuando una persona pretendió entablar un debate conmigo y terminó su alocución diciéndome: "Bueno, cuando estés en Salta podremos discutir sobre este asunto".
Pero ¿es que desde aquí no puedo hacerlo? ¿Hay algo que lo impida?
Tal parece que si quiero existir y no morir en el olvido del exilio, tengo que armar las valijas y largarme de una buena vez para Salta.
Intuyo -o al menos me hacen pensar- que si no pongo los pies allí, y no lo hago pronto, no tendré jamás ni solidaridad, ni recuerdos, ni discusiones civilizadas y tantas otras cosas que seguramente me estoy perdiendo de esa bácula señera de ubérrimas frondosidades que es Salta.
Sé que muchos quisieran desterrame y que, a pesar de las nuevas tecnologías, desearían que yo experimentase una sensación de destierro. Pero no soy capaz de darles con el gusto, porque este mundo ha cambiado de una forma de la que ellos aún no han sido capaces de darse cuenta.
Aunque ellos viven en la cima de verdes montañas (acosados por ofidios de dimensiones bíblicas), en valles escondidos y en soberbias urbanizaciones privadas, yo tengo la suerte de vivir en una condición muy modesta, sin más apuros que el deber de cuidar lo que llevo puesto; pero vivo en el mejor lugar posible de toda Salta: el de los afectos que me persiguen allí donde van mis pasos.
Guárdense la solidaridad, los vinos y las querellas, para cuando yo vuelva. Espérenme en el Portezuelo, o en el peaje de Aunor.
Hasta siempre.
Luis Caro Figueroa