En su última columna para la revista El País Semanal, el novelista español Javier Marías afirma que los políticos actuales no se sienten intimidados por la opinión de los escritores, por el veredicto de un editorial o por la crítica de un intelectual influyente. El destacado escritor considera que hace ya mucho que los políticos aprendieron la lección y piensan: «no hay que preocuparse de lo que diga nadie, así tenga prestigio o 'mordiente' porque nada dura y todo se olvida en seguida».
Si los políticos actuales han desactivado a los sindicatos y al Parlamento; si las protestas y manifestaciones les traen sin cuidado, y las huelgas; si pasan por alto a la sociedad civil, invadida, reducida a la mínima expresión, convertida en meros pagadores de impuestos; si han minado la independencia de la justicia, ¿cómo van a sentirse 'intimidados' por las opiniones de los escritores?, reflexiona Marías.
Es cierto. Los políticos se han blindado a las críticas y, a diferencia de lo que sucedía antaño, son ahora capaces de resistirlas como lo hacen ciertas bacterias con los antibióticos más conocidos.
Es difícil no coincidir con Javier Marías en cuanto al papel cada vez más modesto que desempeñamos quienes escribimos en prensa y ejercemos nuestro derecho a opinar.
Frente a tanto autoritarismo, a tanto desparpajo y a tanto desprecio por la razón y el sentido común, los que dedicamos buena parte de nuestro tiempo a expresar nuestras opiniones en diarios, webs de noticias y blogs solo servimos para dar algo de consuelo a los lectores que nos aprecian y, quizá, para ayudar a algunas pocas personas a enfocar un determinado asunto desde una perspectiva distinta.
Los políticos, enrocados en su soberbia, ya no se inmutan -como dice Marías- por ningún griterío ni aceptan ningún consejo de nadie. Ahora solo se ponen inquietos por aquellos trending topics de Twitter que no les favorecen, pero no cabe duda de que solo hace falta un poco de tiempo para que terminen ignorando y minimizando también las críticas que se les dirigen en formato de 140 caracteres.
Hace no mucho, nuestros políticos solían husmear en las redacciones de los diarios para intentar neutralizar cualquier opinión desfavorable que pudiese ser publicada al día siguiente. Muchos mandaban a comprar de madrugada el diario para comprobar antes que nadie si se hablaba bien o mal de ellos. Hoy, los directores de periódico y secretarios de redacción ya no reciben las llamadas del poder como antaño. La capacidad de influir sobre las decisiones o, incluso, el ánimo de los que gobiernan se ha reducido al mínimo.
Una honrosa y extraña excepción
Entre tanta indiferencia y tanta falta de mordiente de los intelectuales otrora influyentes, emerge la augusta figura del Gobernador de Salta, don Juan Manuel Urtubey.Nuestro mandatario es uno de los pocos, por no decir el único, que todavía sufre en carne propia -¡y de qué manera!- el efecto corrosivo de los comentarios y opiniones adversas a su gestión de gobierno.
Dos hechos ponen de manifiesto con meridiana claridad que don Juan Urtubey es un político «mordido»; es decir, susceptible en grado sumo a las críticas de los que piensan y expresan sus ideas por escrito.
El primero, la recomendación de sus médicos de no leer el diario El Tribuno por el daño que este periódico puede causar a su salud.
El segundo, el insólito despido de un funcionario de tercera línea de su gobierno por el imperdonable pecado -según él- de tener algunos parientes (ex parientes, para mejor decir) que escriben en contra del Gobernador.
No hay dudas de que a don Juan Manuel le duele y le incomoda lo que a los políticos más serios y más rodados que él les ha dejado de doler y molestar hace un buen rato.
Aunque este detalle en cierto modo lo humaniza, no deja de poner de relieve que nuestro Gobernador vive anclado en una década ya superada.