Para Rodolfo Urtubey y su comando táctico de campaña no hay marcha atrás ni rectificaciones. Según el candidato a senador nacional, la eliminación de cualquier referencia a «la misma sangre» en sus afiches proselitistas no representan una claudicación de sus ideas ni una concesión a los opositores más duros. Al contrario, don Rodolfo se ha escudado en el consejo de sus «publicistas» (personas que ejercen la publicidad) y justificado la desaparición de la sangre de sus carteles con el siguiente argumento: «La misma sangre, la misma lucha, no se cambió ; es una saga (sic). Así me lo explicaron los publicistas».
La preocupación es mayúscula, y por partida doble, ya que se supone que los así llamados «publicistas» no son solamente expertos en vender la peor mercadería como si fuese la mejor sino también son quienes mejor manejan el lenguaje con que nos comunicamos los seres humanos. Lo mismo se puede decir de un señor que aspira a ocupar un asiento desde el cual se elaboran las leyes más importantes que regirán la vida de los ciudadanos argentinos. ¿Es posible que ninguno de los dos sepa lo que es una saga?
En nuestro idioma una «saga» es alguna de estas tres cosas y solamente alguna de estas tres:
1. Una falsa bruja o una mujer que se finge adivina y que se dedica a hacer encantos o maleficios.
2. Una leyenda poética que forma parte de las dos colecciones de primitivas tradiciones heroicas y mitológicas de la antigua Escandinavia, y
3. Un relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una misma familia.
Evidentemente, ninguno de estos significados resulta directamente aplicable a una publicidad serial o a un conjunto de episodios breves que forman parte de una línea de historia completa en una telenovela, en una serie larga o en una campaña publicitaria (un «arc», tal como lo llaman los norteamericanos).
Salvo que lo de la «saga» se refiera a brujas y falsas adivinas (extremo que no hay que descartar), es sumamente dudoso que la publicidad electoral de Rodolfo Urtubey hijo tenga alguna conexión con las tradiciones mitológicas de Escandinavia, por cuanto hablamos de una porción de Europa que siempre resistió bien los envenenados convites del fascismo.
Por tanto, si Urtubey y sus publicistas saben efectivamente de lo que hablan, la campaña gráfica del señor Rodolfo será una especie de relato novelesco de las vicisitudes de su familia, «una saga» en sentido estricto, como la de Blake Carrington en Dinastía y la de J. R. Ewing en Dallas.
La saga que promete Rodolfo hará, pues, un prolijo repaso del devenir histórico de los integrantes del clan, a medida que cada uno experimenta la llamada de la sangre, que para ellos no es otra cosa que la irresistible llamada del poder.