A ver cuándo nos ocupamos de los 'pichericidios'

Imagencidio ilustrativoA cierto medio digital de Salta se le ha ocurrido llamar masculinicidio al reciente asesinato de un joven de 22 años a manos de su novia de tan solo 17. El autor de esta barbaridad -nos referimos a la invención de la palabra- se encuentra todavía impune.

Desde que ha cundido la moda de llamar «feminicidio» o «femicidio» al asesinato de una mujer singular, cualquier cosa parece ya válida.

A los inventores del «masculinicidio» habría que recordarles, en primer lugar, que inventar palabras no soluciona el problema de la violencia en el seno de la pareja ni disminuye las cifras de asesinatos. Tampoco contribuye especialmente a dar más visibilidad al fenómeno ni a estimular un reproche social más severo.

Las palabras son -aunque cueste reconocerlo- solo palabras y no fórmulas mágicas capaces de resolver las más graves patologías sociales.

En segundo lugar, habría que recordarles que para convertir una palabra cualquiera en neologismo -esto es, en un vocablo, acepción o giro nuevo en una lengua- no solamente hace falta que las palabras estén bien construidas, desde el punto de vista de su raíz etimológica, sino que es necesario también que los nuevos términos posean un significado preciso o ampliamente aceptado.

«Feminicidio» es una palabra bien construida pero que muy difícilmente posee un significado claro, preciso y bien aceptado. La Fundación del Español Urgente (Fundeu) dice que «feminicidio» no es el asesinato de una mujer y que la palabra no debe emplearse para llamar a este tipo de crímenes. La palabra «feminicidio» se aplica -dice Fundeu- al asesinato sistemático de mujeres en contextos donde se considera social o culturalmente aceptable. En una generalidad de casos, Fundeu prefiere el empleo de la expresión «mujeres asesinadas».

Lo mismo, desde luego, se aplica a la menos frecuente pero igualmente imprecisa palabra «masculinicidio», y, por otras razones, a la más incorrecta expresión «femicidio».

La proliferación de estas nuevas palabras y su empleo cada vez más extendido en la prensa de sucesos -especialmente en Salta- proviene, tal vez, de la preferencia de la legislación penal argentina por la palabra «homicidio» en vez de la de «asesinato».

Una aproximación muy somera al significado de estas palabras revela que el «homicidio» consiste en la supresión de una vida humana por obra de otro ser humano, mientras que, generalmente, el «asesinato» es la muerte de alguien provocada por otro con premeditación y alevosía. En algunos ordenamientos jurídicos, como el francés, homicidio y asesinato son, incluso, dos tipos penales diferentes; el segundo, más grave, describe la conducta típica de quien mata a otra persona de forma voluntaria, consciente y premeditada.

La ciencia penal, sin embargo, ha creado algunas denominaciones particulares para ciertas conductas, que emplean el elemento sufijal -cidio, de origen latino, que deriva a su vez del sufijo -cida, que en el idioma español ha dado lugar a infinidad de nombres y adjetivos con el significado de ‘matador’, ‘exterminador’, ‘destructor’ o ‘que mata, extermina o destruye’.

Cuando el perjudicado es un ser humano, el rango de palabras se limita a parricidio (o asesinato del padre o pariente próximo), matricidio (de la madre), uxoricidio (del cónyuge), infanticidio (de los niños), fratricidio (de los hermanos), tiranicidio (de los tiranos), magnicidio (de una persona muy importante) y regicidio (del soberano).

A estos términos se unen otros como genocidio, etnocidio o suicidio, de los cuales solo el primero tiene un claro significado penal.

Pero cuando quien sufre el exterminio o la destrucción no es una persona humana, las palabras que se utilizan para dar nombre al agente abarcan un rango es mucho más amplio: insecticida, bactericida, biocida, callicida, espermicida, fungicida, germicida, herbicida, larvicida, lombricida, microbicida, ovicida, pesticida, plaguicida, pediculicida, raticida, alguicida, palumbicida, acaricida, vermicida, etc., etc.

Para especializarnos

Tal parece ahora que hablar de «homicidio» resulta muy poco descriptivo del suceso y de las circunstancias personales de la víctima, de forma tal que la tendencia es a la especialización casi minuciosa del término.

Esta tendencia no es debida, como parece, a una «cuestión de género», por cuanto llamar feminicidio al asesinato de una mujer o masculinicidio al de un varón, produce automáticamente la atribución del título de feminicida o masculinicida (palabras terminadas en "a") al autor de la acción, cualquiera sea su sexo.

Entonces, a qué esperamos para llamar pichericidio al asesinato de un borrachín, pendejicidio al de un joven inmaduro, trolicidio al de hombres y mujeres de vida ligera, chicaticidio al de personas de visión reducida, opicidio al de personas de pocas luces, bufarronicidio al de personas de aviesas intenciones, travesañicidio al de personas transvestidas, bagayicidio al de personas feas o corrupticidio al de algunos gobernantes.

Tal vez, a fuerza de usar estas nuevas palabras se consiga una reforma del Código Penal que asigne una pena justa y perfectamente individualizada a cada asesinato en particular, según la cara del cliente.