Uno de los efectos colaterales más perniciosos del delito y del mundo de los delincuentes es la filtración al lenguaje culto de vocablos forjados en el argot delictivo. Da toda la impresión de que los delincuentes -inadaptados sociales o 'antisistema'- no se contentan con atacar la integridad física de los demás, su libertad, su buena fe o su propiedad, sino que, para que no queden dudas de que sus intenciones son muy malas, también atacan la cultura de sus semejantes, intentando imponer la propia.
Este intento estaría seguramente condenado al fracaso si policías sumariantes y periodistas especializados en sucesos pusieran un poco más de atención en su tarea; es decir, si acometieran el empeño de describir los hechos con las herramientas que nos proporciona el idioma formal, que afortundamente es riquísimo, y no se dejaran tentar por los atajos que conducen al empleo de las palabras más vulgares y barriobajeras.
Pero no es éste el caso de Salta, en donde la victoria cultural del submundo del delito parece asegurada desde el momento en que aquellos que están obligados a utilizar nuestro idioma con corrección se sienten mucho más cómodos empleando las palabras que toman prestadas a los propios delincuentes.
Hace muchos años que todos sabemos que la acción de despedir o arrojar con impulso una piedra, el golpe que se da con la piedra tirada y la señal que deja, se llaman con el nombre de «pedrada».
Por las razones antes apuntadas, a los salteños se les ha ocurrido que para llamar a las mismas cosas es mejor utilizar la palabra «piedrazo», que, por supuesto, no aparece en el Diccionario.
Casi todos -incluidos los delincuentes con estudios primarios- saben que el sufijo -azo, za tiene, en primer lugar, un valor aumentativo, y que solo a veces -es decir, no en todos los casos- sirve para llamar al golpe dado con lo designado por la base derivativa.
De modo y manera que aquel que escribe que fulano de tal «le dio un piedrazo» a mengano se expone a que el lector entienda que aquél le entregó a éste una piedra de gran tamaño.
Otro barbarismo es el «fierrazo», pero no en términos criminológicos sino lingüísticos.
A diferencia de la anterior, esta palabra sí aparece en el Diccionario, pero, sorprendentemente, su significado nada tiene que ver con un «fierro», como muchos suponen. De acuerdo con el DRAE, «fierrazo» es un término coloquial que sirve para llamar al golpe fuerte e intencional, sin importar que este golpe sea aplicado con un trozo de metal, con una vara, con una parte del cuerpo humano, con una pieza de cuero o con cualquier objeto.
Es evidente que el DRAE ha estado muy benévolo al definir «fierrazo», dejando de lado sus clarísimas connotaciones sexuales. Pero lo que es indudable es que su empleo en el lenguaje periodístico usual es bastante -por no decir del todo- incorrecto.
Finalmente, hay que volver sobre la cuestión del «puntazo», que parece tener su origen en la jerga penitenciaria en donde abundan las referencias a las armas blancas de fabricación casera. Para nuestros sumariantes y periodistas asimilados, el «puntazo» es el golpe que se da con una «punta», entendida ésta como el extremo agudo de un arma blanca u otro instrumento con que se puede herir.
Sin embargo, al definir el vocablo «puntazo», el Diccionario dice que la palabra se emplea para designar no el golpe ni la acción sino la herida resultante. Por tanto, nadie que lanza un ataque con un arma punzante y consigue herir a otra persona «da» puntazos sino que más bien los provoca.
Es conveniente dejar tranquilo al sufijo -azo, za, y reservarlo para nuestros aumentativos regionales más divertidos, como fierazo o putazo, que vaya a saber uno por qué a la gente se le ha dado últimamente por escribirlos con s (fieraso y putaso). Hay que advertir que escribir estas palabras así no solo queda más fiero sino también más p...