¡Vaya pinta de importantes que tienen estos tipos!

A pesar de que entre el 70 y el 90 por cien de los ciudadanos percibe al cargo de Vicegobernador como inútil y aboga por su desaparición en una futura reforma constitucional, los señores que se desempeñan como tal en las provincias del noroeste argentino tienen un aspecto tan sobrecogedoramente importante que ninguno de ellos desentonaría, por ejemplo, en una Cumbre del G-20.

Así lo demuestra la fotografía que aparece junto a estas líneas, en donde quizá el único que ha sacado los pies del tiesto en materia de imagen es el Vicegobernador de Salta, Andrés Zottos, quien aparece aquí luciendo una vestimenta informal, por exigencias del guión de su campaña electoral.

El resto de los personajes de la foto parecen todos como si estuviesen a punto de rendir el crítico examen de Filosofía del Derecho, que generalmente coloca al estudiante a las puertas de su título.

Pero lo mejor no son los trajes ni las corbatas -de los que habría mucho para decir, por supuesto- sino los gestos de las caras y las manos de los personajes.

En la escena no podía faltar un enorme televisor LCD, que aporta ese toque tan CNN y de non-stop-news, que tanto les gusta a los políticos; sobre todo a aquellos que presumen de estar informados al instante de todo lo que sucede en el mundo.

Tampoco podía faltar el personaje con el celular en la oreja, algo que generalmente transmite la idea de que cualquiera sea la importancia de la reunión o de los interlocutores, siempre será más importante atender el teléfono, no vaya a ser que se haya producido un incendio o un terremoto del cual no estemos enterados.

En todas esas caras y en esos relojes aparatosos se advierte que ninguno de ellos llegará a ser Gobernador de su provincia. Que por mucho que se esfuercen, todos ellos han alcanzado ya su techo político. Aunque en esto nunca se sabe. La decadencia y la trampa electoral puede encumbrar a los más inútiles, en el momento menos pensado.

Llama la atención también que los retratados sean los vicegobernadores de provincias con una amplia mayoría de población mestiza, pero que todos ellos pertenezcan, sin dudas, a un segmento étnico y socioeconómico bastante alejado del grupo mayoritario. Se conoce que a la gente común no le gusta poner en altos cargos a los de su misma clase (por miedo a que hagan papelones en las altas esferas) y prefieren a un tipo de funcionario, generalmente hueco, pero portador de una importante presencia física. Si son canosos o pelados, aún mejor.

Desde hace al menos un siglo y medio que los vicegobernadores no deciden nada importante, por no decir que no deciden nada de nada. Sus competencias son limitadísimas y su influencia política es virtualmente nula. Pero sin embargo, como lo demuestra la foto, sus esfuerzos por alcanzar la solemnidad y por sentirse irreemplazables forman parte de lo que un buen vicegobernador debe hacer, si no quiere pasar a la historia como un segundón poco resignado.

Ahora se les ha dado por unirse en la desventura común y por organizar pomposas reuniones regionales, en las que reflexionan sobre lo humano y lo divino, cual si fueran grandes hombres de Estado.

Si es verdad que en todos los cargos públicos se aprende algo, es casi seguro que en el de Vicegobernador se aprende, como en ningún otro, el arte de la conspiración. Todo el mundo sabe que un vicegobernador es un traidor en potencia y que su "oportunidad" depende del tropiezo (espontáneo o inducido) de quien le precede en el orden del ceremonial del Estado.

Algunos disimulan muy bien su deseo de que este tropiezo se produzca más pronto que tarde. Pero otros, como los de la fotografía, con sus caras y con sus manos, con sus relojes, sus corbatas, sus pines de solapa y sus celulares, demuestran que lo que los ciudadanos no les han dado en importancia y en rango institucional, el diablo se los ha dado en ambición, en ínfulas y en descaro.