Adriana es a Cristina Fiore Viñuales lo que Súperman es a Clark Kent. Un clarísimo caso de doble personalidad atravesado por componentes fantásticos. Si ya antes del error presidencial con su nombre, Cristina Fiore era carne de diván (político) por sus continuos cambios de partido, después de la simpática confusión en que incurrió la Jefa del Estado, nadie duda de que la candidata salteña necesita ahora visitar a un buen discípulo del doctor Freud, pero a esos de guardapolvo blanco.
'Adriana' ha irrumpido con tanta fuerza en la campaña electoral que su brillo amenaza con opacar a María Cristina del Valle Fiore Viñuales, un personaje que ahora enfrenta el dilema de acompañar con su nuevo nombre al desgarbado Tolo, o conservar el nombre con el que su papá y su mamá la anotaron un día en el Registro Civil.
Muchos intuyen que a Cristina Fiore (Adriana) le puede pasar lo mismo que a Stefani Germanotta, quien después de encontrarse casi de casualidad con el impactante nombre de Lady Gaga, ni siquiera se acuerda lo que ponía la partida de nacimiento. O como Sandro, que dejó de ser Roberto Sánchez para toda la eternidad.
Hay que preguntarse hasta qué punto conviene a Fiore seguir usando un nombre ya ocupado en política y cargado de connotaciones negativas como lo es Cristina.
Si finalmente Adriana triunfa sobre Cristina, cabe esperar que Rodolfo también cambie su nombre. No solamente porque la sucesión de vocales hace parecer al candidato uno de los ocho hermano Orozco (Pocho, Toto, Cholo, Tom, Moncho, Rodolfo, Otto, Pololo), sino porque genera una cierta confusión con su padre, hombre serio donde los haya.
Lo ideal sería que 'Adriana' acompañara a 'Gonzalo' (nuevo nombre de Rodolfo), pero la Presidente de la Nación, que es la única que tiene el poder, aún no lo ha rebautizado.
A espabilar se ha dicho. Porque después de semejante espaldarazo presidencial, nuestra gente más humilde buscará en las papeletas de voto el nombre de Adriana, y si no lo encuentran tengan por seguro que le clavarán el voto a Sonia Margarita.