El Quilodrama y la religión kirchnerista

Pocas cosas hay más emocionantes en esta vida que ver llorar a un varón hecho y derecho. Y pocas cosas tan incomprendidas, pues los cánones del machismo vernáculo mandan a ocultar la debilidad encubierta del hombre. «Los hombres no lloran delante de los amigos. Eso no se hace nunca. Si se llora se llora a solas». Los tópicos están a la orden del día.

Pero así como hay llantos y lágrimas más conmovedores que otros, existen aquellos que ennoblecen al varón que los experimenta y, por supuesto, aquellos que provocan solo vergüenza y humillación.

Más de un salteño se ha sentido conmovido ayer por las sentidas lágrimas del dirigente del Partido Justicialista de Salta y coordinador de PROCREAR, don Raúl Gonzalo Quilodrán Llamas, derramadas en Coronel Moldes mientras la Presidente de la Nación inauguraba un gasoducto, y no precisamente uno de gas lacrimógeno.

Las lágrimas de Quilodrán han provocado opiniones divididas en las redes sociales, pues así como han concitado adhesiones insospechadas han suscitado también rechazos de los más variados.

Poca gente ha percibido sin embargo que la transida emoción de Quilodrán es un indicador fiable de que el kirchnerismo que profesa, más que en una doctrina política o en una opción cívica, se ha convertido en una religión, que, como tal, exige de sus feligreses una adhesión al dogma que va más allá de la razón.

Al kirchnerismo no le basta con conquistar tu voluntad. Necesita apoderarse de tu alma y gobernar tus sentimientos, pues de otro modo no funciona.

Es probable que Quilodrán no hubiera experimentado la misma emoción si se le hubiera aparecido la Virgen María en carne viva, pero bastó con que una Cristina Fernández de Kirchner engolada blandiera el micrófono y entonara su propia versión de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, para que Quilodrán -y otros fieles devotos de la religión kirchnerista- entraran en ese estado de trance tan bonito y enternecedor que vimos todos en nuestras pantallas.

Mal que le pese a sus detractores, Quilodrán no es el responsable de que la política de Salta se haya convertido en una creencia religiosa. Otros, antes que él, han venido colocando ladrillos para edificar el templo en el que hoy se idolatra a una serie de dioses menores, que ya no moran en el Olimpo sino en apacibles valles escondidos.

Quilodrán, dirigente sentimental y coqueto como pocos, es solo un eslabón en esa sólida cadena mística que asegura, para nosotros y para nuestra posteridad, un futuro en el que los ciudadanos libres -esos nuevos "ateos"- no tengan cabida jamás en el mundo de la política.

Si no existiera gente sincera y crédula como Quilodrán capaz de soltar las lágrimas por convicción religiosa, este mundo materialista y secularizado quedaría a merced de esos herejes malnacidos, de esos enemigos de la fe que se empeñan, contra viento y marea, en seguir practicando la política.