Romero y Urtubey nos enseñan cómo es la vileza en estado puro

Urtubey y RomeroRomero (Juan Carlos) y Urtubey (Juan Manuel) son mucho más parecidos entre sí de lo que ellos piensan que son. Se parecen no solo en la megalomanía y en los apetitos desmedidos por el poder y la riqueza, sino también en su asombrosa capacidad de propinarse golpes bajos con un desprecio casi absoluto por el buen gusto y la buena educación.

Para muchos incautos, esta escalada verbal en la que los dos aparecen envueltos representa un salto de calidad en el enfrentamiento entre los más destacados ególatras de la política local; un «clinch»  en cierto modo inesperado que sin embargo se antoja casi imprescindible para calentar la campaña.

Pero para quienes conocen un poco mejor el paño no hay nada nuevo ni sorprendente en este alarde de pedantería y zafiedad que protagonizan los dos últimos Gobernadores de Salta.

Lo único que ha cambiado en el último lustro es que, mientras antaño ambos clanes (los Urtubey y los Romero) se deshacían en injurias contra el «enemigo común», ahora se dedican lindezas autografiadas el uno al otro. Un ligero desplazamiento del eje subjetivo que sin embargo no introduce ninguna variación en el objeto.

Ambos son injuriadores profesionales, consumados destructores de las reputaciones ajenas y orgullosos detentadores de un imposible e inverificable monopolio de la decencia en Salta. Así lo han demostrado en los últimos veinte años.

Lo que es seguro es que los salteños -o al menos muchos de ellos- no se merecen un espectáculo tan degradante como el que están ofreciendo ahora mismo estos dos personajes.

No se merecen que estos señores pretendan hacerles creer que por las noches lloran lágrimas de sangre en su empeño por hacer de Salta una Provincia próspera, pujante y justa, y que por las mañanas se dediquen a emponzoñar la vida política con acusaciones de tanta bajeza como la complicidad con el narcotráfico o la explotación laboral de las empleadas domésticas.

¿Es ésta la campaña «de ideas»  que ambos nos han prometido?

La inutilidad política de Romero y de Urtubey no solo queda de manifiesto en su incapacidad para llevar adelante un debate de ideas, sino en su profunda ineptitud para debatir nuestros problemas y encontrarles una solución. Dos personas que se dicen políticos, que no obstante se embisten como bestias embravecidas y que no hallan mejor salida que citarse el uno al otro a verse las caras en los tribunales, como lo harían dos matones de mostrador, no merecen sino la más amplia desconfianza de los ciudadanos.

Los salteños deberían dar la espalda a aquellos que piensan que la política funciona como un asunto «de familia» y que los problemas colectivos se resuelven por la fuerza de los apellidos, el peso de las generaciones o la influencia de la genealogía. Solo en algunas regiones meridionales de Italia en donde el crimen organizado campa por sus respetos -y en Salta, donde pasan tres cuartos de lo mismo- la política funciona de este modo tan pernicioso. En todos los demás espacios civilizados, pacíficos y democráticos del planeta la política es un asunto de ciudadanos.

A pesar de sus inconsecuencias y de sus atrasos, Salta es una realidad demasiado compleja, demasiado variada y demasiado importante como para reducirla a la dialéctica entre dos familias.

Dos familias cuyas debilidades y fracasos -naturales, por otra parte- deberían llamar a sus miembros a la humildad y a la vergüenza antes que dar pie a semejantes delirios de grandeza.