El poder -incluido el legítimo- siempre ha despertado recelo y desconfianza. Quien gobierna sabe que a lo más que puede aspirar es a justificar sus acciones en las leyes o en la moral, y generalmente no espera que los gobernados le defiendan. Conseguir que le obedezcan ya es una conquista superlativa. Algunos gobiernos, presas de sus propios complejos e inseguridades, demuestran sin embargo una obsesión patológica por la adhesión emocional de los gobernados. No les basta con la obediencia. Necesitan que la gente los ame y no alcanzan a entender por qué algunas personas experimentan odios profundos y duraderos hacia ellos.
En los tiempos que corren, defender a un gobierno es una tarea difícil. Casi insalubre. No solo porque los gobiernos son muchas veces indefendibles sino también porque la devoción por el poder convierte inmediatamente a las personas que la profesan en sospechosas de ser portadoras de las peores cualidades que se conocen en el ancho mundo de la política: la delación, la obsecuencia, la adulación.
Cuando alguien que se siente identificado con la línea política de tal o cual gobierno carece de la prudencia y del sentido común necesarios para tomar distancia del poder y no es capaz de juzgarlo con objetividad, se convierte inconscientemente en un «gobiernista», en un sujeto digno de execración.
El gobiernista -muchas veces etiquetado de forma superficial como alcahuete, ortiba, forro, olfa o chupamedias- desborda con creces los moldes del tradicional oficialismo. Su adhesión al poder no es racional así como no es fiel su visión de la realidad y de los acontecimientos cotidianos.
El gobiernista se enzarza en luchas inútiles contra los que, con razón o sin ella, contestan los dictados del poder. Piensan que su misión es combatir a la disidencia, allí donde ella se anime a brotar, con la misma energía con que los oprimidos luchan por sus derechos y por sus libertades. Al fin y al cabo, también ellos luchan por «su» libertad y por «sus» derechos.
Su razón se resume en una sola frase: «la mayoría de votos nos autoriza a hacer lo que queramos».
El gobiernista argumenta y se disfraza. Aparece y se esconde con calculada precisión. Se parte la cara en las redes sociales. No elude el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. En el fondo experimenta placer sintiéndose un granuja.
El gobiernista ha enajenado su individualidad en aras de la concreción de «un proyecto», que generalmente es solo un nombre que sirve para enmascarar la ambición personalista de otro. Pero eso no le importa. Él siente la llamada del deber y acude inmediatamente a ocupar su trinchera. Mira para otro lado cuando los demás lo señalan como un idiota útil.
Todos los gobernantes han tenido aduladores y canallas a su alrededor. Es realmente difícil gobernar sin el auxilio del espejo de Blancanieves que proporcionan los incondicionales. Pero muy pocos gobernantes han visto crecer a su alrededor a los gobiernistas.
Muy pocos pueden presumir de haber alumbrado a esta clase de «ciudadanos ejemplares» llamados a comunicar al mundo el evangelio de las maravillas que realiza el gobierno pero que, cegados por el egoísmo, no aciertan a reparar en el hecho de que la obsecuencia y el servilismo son cualidades muy poco apreciadas por la gente común y sencilla, que aspira a vivir pacíficamente en democracia y que desconfía cada vez más del poder, cualquiera sea el porcentaje de votos que lo sustente.
@farquharsong yo trabajo para un gobierno que saco mas del 60 % de los votos. Otro abrazo
— Matías Posadas (@matiasposadas) April 22, 2013
@matiasposadas Insisto, no sos del ejecutivo. Y hacer casas para el menos del 2% de la demanda habitacional no es trabajar para las mayorías
— Gustavo Farquharson (@FarquharsonG) April 22, 2013