La campaña proselitista de Rodolfo Urtubey no comenzó ayer sino hace bastante tiempo, cuando su hermano, el Gobernador de Salta, decidió sentarlo a su vera (como hizo Dios Padre con su Hijo unigénito), llevarlo como alumno oyente a las reuniones de gabinete y concederle la administración de una importante masa de dinero público para solaz de su inquieto espíritu cívico. Las reiteradas apariciones públicas del candidato a senador nacional en cuanto acto gubernamental organizara su hermano, o los intendentes municipales que le rinden pleitesía, tenía -hasta ayer- una cierta explicación institucional: el director ejecutivo del Fondo de Reparación Histórica formaba parte del gobierno por derecho propio y ceñía sobre su cabeza las ínfulas propias de la dignidad de ministro.
Tan venerable fue -hasta ayer- don Rodolfo que hasta los niños de las escuelas de Aguaray desfilaban delante de él y le dedicaban genuflexiones republicanas mientras agitaban banderitas, medio bolivianas, medio argentinas, hasta arrancarle al candidato una sonrisa irregular que -aquí, entre nosotros- pide a gritos una ortodoncia urgente.
Pero sucede que el mayor de los hermanos Urtubey ha abandonado la disciplina del gobierno y es hoy un candidato libre, un ciudadano de a pie, como cualquier otro de nosotros y, sobre todo, igual que los otros candidatos que no tienen un hermano Gobernador ni acceso a las prebendas oficiales.
¿Pero es esto verdad?
En absoluto. Aun después de su renuncia al gobierno, Rodolfo Urtubey sigue empleando recursos públicos (dinero y medios de todos los salteños) para su campaña personal, sin que nadie le pida cuentas por ello, sin ensayar una mueca de vergüenza.Ayer, pocas horas después de anunciar su salida del Fondo de Reparación Histórica, el candidato, sin echar mano a su propia billetera, apareció careteando en un acto del gobierno: la inauguración de la nueva sede de la Administración Nacional de la Seguridad Social en Salta.
Pero no fue una aparición secundaria, ni un cameo al mejor estilo Hitchcock. Se lo vio cortando las cintas y ejerciendo «de facto» (una locución latina muy cara a los afectos de los Urtubey) como «tercera autoridad», junto a su hermano y al Director de la ANSeS, postergando incluso al muy mediático e importante Intendente de Salta, Miguel Ángel Isa.
Sin derecho y sin responsabilidad
Hasta el menos avispado de los ciudadanos de Salta puede darse cuenta de que ni Rodolfo Urtubey ni ningún otro candidato tiene el más mínimo derecho a utilizar los actos de gobierno para apuntalar su imagen como candidato, para lanzar consignas de campaña, o para cualquier otra cosa.Los actos, desplazamientos, discursos y diatribas del candidato no pueden ni deben ocupar espacios en la página web del gobierno provincial, ni funcionario alguno con sueldo del Estado puede ser destinado a servir en su campaña personal. No puede ocupar oficinas públicas ni utilizar vehículos oficiales, incluidos los helicópteros y aviones que posee la Provincia. No puede ni debe convocar ruedas de prensa organizadas por el aparato de comunicación pública, ni instrumentalizar a los intendentes municipales como si fuesen empleados de la familia.
Pero Rodolfo Urtubey, que ya hizo mucho de esto, hará mucho más. Aprovechará hasta el último megapíxel del gobierno para que su frankesteniana imagen quede tatuada en la retina de los salteños.
Y lo hará, como lo ha venido haciendo hasta ahora, sin desembolsar un peso propio, sin arriesgar su patrimonio. Porque es mucho más cómodo y seguro utilizar gratuitamente lo que es de todos; porque nadie controla, porque nadie hasta ahora le ha pedido cuentas de estos excesos ni se las pedirá.