Los viejos más viejos y más tercos de La Plata cuentan que Cristina Kirchner era muy mala en matemáticas, algo que parece haber empeorado mucho con el paso de los años. De tal suerte, que entregarle la suma del poder público equivaldría a entregar a doña Cristina algo que no será capaz de descifrar, teniendo en cuenta su nula habilidad para distinguir entre sumas, restas, divisiones, multiplicaciones y otras operaciones aritméticas.
Los que verdaderamente saben de estas cosas son los economistas, que de tanto saber de números, de signos y de razonamientos lógicos y abstractos, se dedican ahora, por puro placer cívico, a interpretar la Constitución Nacional y el Código Penal, así como a repartir condenas a diestro y siniestro.
No debe haber en nuestras leyes un delito de nombre más atrapante y sonoro que el de la infame traición a la patria. Nuestra historia es bastante modesta en cuanto al número de condenados por este terrible y deshonroso delito, pero muy pródiga en acusaciones e imputaciones que jamás llegan a tomar forma judicial.
Una persona puede traicionar a su propia madre o, incluso, atentar contra la vida de quien lo trajo al mundo, que nuestras leyes tienen reservado el peor de los nombres posibles (el de «infame» ) solo para aquellos que osen traicionar a esa entelequia -filosóficamente hablando- que se llama patria.
En nombre de la patria se muere y también se mata. Normalmente, sin otras consecuencias que llenarse de honor. Jamás de vergüenza.
A la patria se la puede robar, desangrar, humillar o utilizarla para los fines más innobles, pero nunca será posible traicionarla (es decir, quebrantar la fidelidad o lealtad que se le debe), porque si lo intentamos, vendrán los economistas radicales (inocentes todos ellos de cualquier lesión a los intereses patrios) a pedir que nos abramos el pecho frente al paredón de fusilamiento.
Cuando la diputada salteña Cristina Fiore Viñuales despierte de su pesado sueño de Blancanieves se encontrará seguramente con que la sociedad la ha absuelto ya de los pesados cargos de traición a la patria con que hoy se pretende hundir su promisoria carrera política.
Pero nunca podrá quitarse de encima la etiqueta de «infame» que es la que verdaderamente confiere su esencia a este feroz delito.
Porque esta Cristina -que sabe sumar y restar, a diferencia de la otra- sabe también que en nuestra «patria» las traiciones sucesivas y el salto de partido en partido, en lugar de sumar, restan, y llega un momento en que la suma de las traiciones arroja resultado cero. Es absurdo que los economistas (encima los radicales) no lo sepan.
Pero la infamia, lo que se dice la infamia, queda.