Con el correr de los días, la obsesión (disfrazada de aspiración democrática) por sentar a don Rodolfo Julio Urtubey Mera en el hemiciclo del Senado de la Nación va dejando a la vista del espectador una sensación de fingimiento y de engaño. La operación de imagen desatada desde el gobierno provincial, pero sufragada con recursos de todos los salteños (votantes y no votantes del Gobernador), consiste en dar a entender al vulgo que detrás de esa figura desgarbada y robótica, físicamente desproporcionada en relación con la humanidad de su propio hermano y estéticamente no homologable con él, se esconde un líder político de primera magnitud, «un hacedor», en el sentido más prístino de la palabra.
Pero al candidato no se le ve demasiado cómodo en ese papel, porque su naturaleza parece más adecuada para brillar en los parquets judiciales o en otros terrenos incluso más elevados, en donde la campechanía no es precisamente un activo de primer orden.
Su apariencia doctoral de galán maduro, su creciente distancia con el estereotipo del gaucho montaraz, no termina de convencer a las bases, por más que sus asesores de imagen le hayan aconsejado desabrocharse hasta el tercer botón de la camisa, para que la gente llana pueda apreciar su pulido colgante religioso sobre el hirsuto pecho argentino.
Si el hermanísimo fuese realmente capaz de acaparar votos en la misma proporción con que capta casi todos los flashes gubernamentales (también pagados por todos los salteños, con independencia de su color y simpatías políticas), se podría decir que tiene la elección asegurada.
Gente de muy mala fe -como ha definido el Gobernador de Salta a quienes por escrito discrepan de su forma de gobernar- dice que el hermanísimo no para de figurar. Que un día posa junto a monseñor Cargnello y la estatua de Juan Pablo II, y al día siguiente posa junto a Julio Grondona, el patrón de la AFA.
¿Tienen algo en común todos estos personajes? A primera vista no, pero a poco que uno rasque en las hemerotecas, podrá comprobar que los cuatro (incluidos el hermanísimo y el Papa) comparten una misma devoción hacia la Virgen María, madre de Nuestro Señor Jesucristo.
Es posible que la candidatura en ciernes tenga una base de impostura, de fingimiento y de engaño (¡qué candidatura no la tiene!). Pero lo más terrible no es esto sino la sinceridad que se cuela en algunos gestos y que revela -cómo no- el auténtico pelaje del candidato, su verdadera filiación ideológica.
Mientras todo se desenvuelve en una dialéctica entre la mística y el folklore, los salteños seguimos invirtiendo un dinero precioso en construir la imagen del candidato.
Si la operación da resultado, y al final el hombre puede conseguir su objetivo de sentarse en el Senado nacional a contemplar el paisaje y logra establecer allí una especie de nicho jubilatorio familiar, los salteños haremos cola en la puerta de Hipólito Yrigoyen 1849 de Buenos Aires para que nos devuelva lo invertido en él.
Pero no en "obras para la comunidad" sino en un cheque nominativo con identidad de género.