
Así, de esta guisa se han presentado el Intendente de Salta y el Gobernador de la Provincia en un acto oficial en el que el Instituto Provincial de la Vivienda hizo entrega de un medio centenar de los llamados 'módulos habitacionales'.
Se trata en realidad de esas horrosas infraviviendas que el gobierno de Urtubey construye para evitar levantamientos populares en los barrios y asentamientos de la ciudad, y entrega -a menudo con gran aparato mediático- en actos cargados de simbología demagógica.
En esta ocasión, y como ya viene siendo una constante tanto en el gobierno provincial como en el municipal, ambos líderes aparecieron en el acto con una vestimenta llamativamente informal, que recuerda mucho al calculado aliño indumentario de los exitosos dirigentes del Partido Obrero de Salta, la fuerza política más votada en el Departamento de la Capital en las pasadas elecciones provinciales.
Llamativo decimos, por cuanto en el caso particular del intentende Isa, pocas veces se lo ha visto al hombre en actos públicos vestido con una camiseta, como si acabara de levantarse de la siesta.
Algunos recuerdan que Isa viste incluso un poco mejor cuando se calza los guantes y sube al ring para hacer fintas con los alumnos de la Escuela Municipal de Boxeo.
El caso de Urtubey es probablemente más grave, porque de a poco va pasando de un look casual o simpáticamente descuidado, a un look "roñosito" que al parecer tiene reservado para habitantes pobres de los barrios y villas de Salta, pero no para los pulidos salones porteños, en donde -con americana azul de botones dorados y pantalón de lino blanco, que siempre resbala mejor en esos acicalados sillones de pana sintética- pretende cautivar a las clases medias porteñas haciéndoles creer que será un buen Presidente de la Nación.
Pero para malas copias, los originales. Arturo Borelli, Julio Quintana o el mismo Claudio Del Pla, aun con ese llavero gigantesco de San Pedro que porta en su cintura, lucen, en su trotskista informalidad, más auténticos y genuinos que Isa, Urtubey o Godoy.
Lo más lamentable es que los disfraces también definen la autenticidad de las políticas de unos y de otros.