Despúes de celebrada la última de las cuatro elecciones obligatorias de 2013, allá por el mes de noviembre pasado, al Vicegobernador de la Provincia de Salta parece que se lo ha tragado la tierra. A diferencia de Urtubey (al que casi se lo traga la tierra y hábitat), la viril presencia de Zottos, reforzada por ese metro ochenta y ocho que separa sus canas de la punta de los pies, era hasta hace poco infaltable en los misachicos, fiestas patronales, festivales y también -por qué no decirlo- en las reuniones del gabinete provincial y en la sesiones del Senado.
Con Zottos parece haber desaparecido también el Partido Renovador de Salta, la oscilante formación política, ora aliada de la izquierda más combativa, ora de la derecha más ultramontana, que todavía, en algunos lugares como Orán, sigue reivindicándose como aliada del Partido Justicialista de Urtubey.
La ausencia del Vicegobernador de Salta es, si acaso, aún más preocupante que la desaparición de la Presidente de la Nación, salvando las innegables distancias institucionales y políticas.
Sucede que Zottos solo está convaleciente de cuatro derrotas electorales y de una patada mal dada en la espalda por un mechudo que intentó agredirlo mientras descolgaba sus afiches en la vía pública. Fuera de esas «patologías», Zottos goza de una salud envidiable y no hay razón que justifique su virtual acogimiento al estatuto de clausura.
El Vicegobernador ya no aparece en los diarios, ni para criticar a Urtubey o lanzar puñales contra Loutaif y otros ingratos que todavía mantienen ficha en su partido. Su desaparición es -o al menos así parece- todo un homenaje a Harpócrates, el dios griego del silencio, que, para mayor preocupación del gobierno, también simboliza la renovación constante.
Algunos esperan y desean que el sonido lejano de los redoblantes y los violines criollos de algún misachico vallisto despierte a Zottos de su profundo letargo político y mediático, y, cual ánima errante, el enorme chipriota de las sienes plateadas se levante de su lecho y comience a caminar como Lázaro.
Hay quien dice que su inexplicable ausencia, unida a que no se han derrumbado nuestras instituciones a causa de ella, confirma la tesis de esos perversos abolicionistas que dicen que el cargo de Vicegobernador de la Provincia debe ser borrado de la faz de la tierra (y hábitat).