Así viste un ministro del gobierno de Salta en un acto oficial

Desde que algunos de los actos del ceremonial del Estado ya no se realizan en lugares públicos y con las solemnidades debidas sino en el quincho de algunos folkloristas y en un ambiente festivo alejado de cualquier protocolo, todo parece permitido para los funcionarios del gobierno de Salta.

La permisividad llega a extremos insospechados en materia de vestimenta, un terreno en el que rige una informalidad más bien absoluta, que roza extremos de falta de respeto a los cargos y a las instituciones.

Bien es cierto que a algunos personajes no les hace falta echarse el ropero encima para darse aires de cierta importancia. Pero qué duda cabe de que hay otros, menos favorecidos, que necesitan un poco de aderezo y compostura para no ser confundidos con personal subalterno o con integrantes de un piquete de punteros políticos de base.

Es el caso del Ministro de Trabajo del gobierno provincial de Salta, señor Eduardo Costello, quien ayer compartió escenario en Tartagal con el Gobernador y el Vicegobernador de la Provincia luciendo un atuendo, un gesto y una postura que hablan muy mal de sí mismo y del alto cargo que ejerce.

Desde luego, la culpa no es del ministro, porque entre una cosa y otra, en su caso, llevaría bastante tiempo ponerlo en condiciones de lucir como tal.

La culpa es, sin dudas, del Gobernador y jefe de los ministros que tolera que los hombres y mujeres de los que se ha rodeado para administrar la Provincia se presenten en los actos oficiales de la manera más vulgar y chabacana que se haya conocido en la historia institucional de Salta.

Es el Gobernador culpable de no exigir a sus ministros un mínimo de compostura y de decoro personal en su imagen y en sus apariciones públicas. Esto es algo que no supone vestir de una forma determinada sino de hacerlo con buen gusto y de actuar de una forma en que los ciudadanos perciban que el funcionario honra y respeta su cargo y no al contrario.

Es también culpable el Gobernador de no dar el ejemplo, cuando le corresponde hacerlo, y de no tener un criterio uniforme y previsible para ocasiones como estas, en la que no está en juego su imagen personal o la de sus funcionarios sino la seriedad y la eficacia simbólica de los actos de Estado.

No es posible, ni explicable, que en el acto de inauguración del anfiteatro de la escuela Alejandro Aguado de Tartagal el Gobernador, su hermano y el Intendente de Tartagal aparezcan vestidos correctamente, y que el ministro Costello y el Vicegobernador Zottos se hallen en el estrado ataviados como si estuvieran de juerga en la casa del Chaqueño Palavecino.

Alguien -y ese alguien es el Gobernador- tiene la obligación de decirles a sus funcionarios cómo deben vestir en cada ocasión, y no decretar un «piedra libre»  para que luego las malas pintas terminen desluciendo los actos, faltándole el respeto a las comunidades locales y dejando una preocupante sensación de descuido y falta de higiene en algunas personas.