Urtubey y sus aliados se llevan un formidable rapapolvo del Arzobispo Cargnello

Como todos los años, la renovación del Pacto de Fidelidad del pueblo de Salta con el Señor y la Virgen del Milagro ha sido ocasión propicia para que la Iglesia Católica efectúe, de viva voz, un balance del año político.

A diferencia de años anteriores, el discurso pronunciado ayer por el Arzobispo de Salta, monseñor Mario Antonio Cargnello, ante la multitud reunida a los pies del Monumento a la Batalla de Salta no ahorró en críticas directas y muy certeras a la clase política local.

Pero mientras que el discurso fue en cierto modo benévolo con la miríada de candidatos que se presentan a las próximas elecciones, fue especialmente duro para con el gobierno de Juan Manuel Urtubey, que, sin dudas, se llevó la peor parte.

La áspera reprensión arzobispal comenzó a insinuarse cuando el prelado exigió a los candidatos, de forma urgente, a que «funden sus aspiraciones en la probidad moral demostrada a lo largo de sus vidas». Seguro está el Arzobispo de que si se somete a los candidatos a un test de probidad de estas características, de los diez mil que hay en liza solo quedarán ocho.

Cargnello criticó también a los candidatos por fundar sus aspiraciones electorales en «propagandas vacías, tan cargadas de emotividad cuanto carentes de propuestas».

Tras esta breve introducción, el orador dio paso a una reflexión de calado más profundo que provocó la lógica incomodidad -que no el sonrojo- de los que se hallaban encaramados en el palco de autoridades.

«Celebrar el Milagro es comprometernos en crear una cultura de la misericordia frente a una creciente cultura de la exclusión», dijo el Arzobispo.

«La misericordia no es debilidad sino el camino que conduce a los pueblos a cumplir la justicia que busca el bien común, la justa distribución de los bienes, la tutela de la vida naciente y la que poco a poco se va apagando», añadió.

A renglón seguido, en clara alusión al gobierno y casi sin respirar, Cargnello criticó abiertamente a aquellos que participan en la Procesión y acuden a renovar el Pacto de Fidelidad y que sin embargo «siguen esclavizando a los hermanos que caminan con nosotros».

Pero el Arzobispo no se detuvo en la superficie del asunto. Descendió al detalle y al tercer segundo sacudió a la multitud de oyentes con algunos ejemplos de antología.

No podemos -dijo Cargnello- participar en la Procesión y renovar el Pacto:

1. Si proponemos leyes que reducen al ser humano a un objeto;

2. Si seguimos acumulando dinero mal habido;

3. Si seguimos siendo personas violentas en el hogar;

4. Si nos desinteresamos de nuestra responsabilidad como padres, como profesionales, como empresarios, como trabajadores;

5. Si negamos la dignidad del hombre;

6. Si nos desinteresamos del hermano esclavo del alcohol, de la droga y de los vicios.

¡Dios nos libre de burlarnos de su Misericordia!, concluyó enfáticamente el prelado.

Salvo alguna que otra mueca desencajada y el gesto de rascarse repetidamente la barbilla, no hubo reacciones visibles ni en el palco ni en los despachos. El hecho de que la Iglesia conozca al dedillo las debilidades de los gobernantes y lleve, al parecer, un prolijo inventario de sus pecados más imperdonables parece no inquietar demasiado en las altas esferas del poder.

Aun así, el discurso de Cargnello fue bien recibido por el pueblo llano y ampliamente comentado en las redes sociales como una reacción que pretende establecer una dificultosa sintonía entre la curia salteña -tradicionalmente conservadora y aliada del poder temporal- y el peculiar estilo pastoral del papa Francisco.