Las elecciones legislativas parciales celebradas ayer en Salta han confirmado el retroceso generalizado del Partido Justicialista y han desencadenado un proceso de crisis profundas cuyas consecuencias están aún por verse. Por el momento parece claro que a pesar de que los resultados son un evidente castigo al gobierno provincial que dirige Juan Manuel Urtubey, la pérdida de apoyos que éste ha sufrido -tanto en votos como en bancas- no ha sido tan acusada como la que ha experimentado el Intendente de Salta, Miguel Ángel Isa.
Después de los resultados de ayer, Urtubey podrá seguir gobernando y de alguna manera podrá conservar sus aspiraciones a un tercer mandato, pero Isa afronta ya mismo un panorama verdaderamente difícil que seguramente le obligará a una reflexión profunda sobre la conveniencia de formular en otros términos su alianza con Urtubey o, quizá, de deshacerla.
No hay dudas de que factores muy locales han influido en la derrota de Isa -no en vano la gestión municipal es un terreno sembrado de minas antipersona- pero no es menos cierto que el Intendente se ha visto envuelto en el torbellino de dudas que desde hace cinco años mantiene paralizada a la dirección del Partido Justicialista de Salta. De algún modo Isa también se ha visto seriamente perjudicado por los excesos personalistas y nepotistas de Urtubey que prácticamente le han obligado a incurrir en los propios.
La gestión de Isa en poco se parece a la de Urtubey, pues a diferencia de éste, el Intendente ha tenido siempre una idea muy clara de su misión y de sus objetivos. En el mismo tiempo en que Isa había conseguido sacar de la parálisis a una administración municipal antigua, deficiente y alejada de la realidad, Urtubey solo consiguió poner el aparato del Estado provincial al servicio de sus intereses y de su proyecto de crecimiento personal y familiar, al tiempo que su administración carecía de ideas y de equipo para llevarlas a la práctica.
Pero a medida de que los dos han ido acercando sus posiciones políticas, las diferencias de estilos de gestión y de resultados se han ido difuminando hasta el punto de que los ciudadanos ya no distinguen entre lo bueno y lo malo de uno y otro y castigan a los dos por igual.
Después de las cuatro elecciones celebradas este año, las posibilidades de que Isa emerja -tal cual se preveía- como una figura capaz de desplazar a Urtubey del poder se han reducido prácticamente a cero. El margen de maniobra del regidor municipal es ahora estrecho, pero tanto él como quienes le rodean saben perfectamente que si decide romper con Urtubey y con el inútil aparato justicialista el momento para hacerlo es ahora, porque le quedan exactamente dos años de mandato.
En estos dos años Isa deberá elegir si acompañar a Urtubey en su caída libre o rectificar el rumbo para buscar convertirse en el punto de referencia de una coalición de centro-derecha que se antoja ahora inevitable tras el espectacular e inesperado triunfo del Partido Obrero.