'Mamá, quiero ser concejal'

El cargo de concejal, otrora devaluado, se ha venido apreciando con el correr de los años y el aumento de las partidas presupuestarias que, de un tiempo a esta parte, permiten generosos gastos de personal en el seno de los concejos deliberantes municipales.

Antiguamente, estos concejos eran la cenicienta del panorama institucional salteño, pues el número de sus integrantes rara vez pasaba de diez y la influencia de sus decisiones en la vida cotidiana de los ciudadanos era ínfima, por no decir nula.

Pero ahora las cosas han cambiado. Aunque su cometido no es el de sancionar leyes ni normas trascendentales, los concejales se han arrogado el título de "legisladores" y poseen todos los atributos y prerrogativas de los integrantes de las asambleas legislativas, entre los que sobresalen la inmunidad de opinión y de arresto.

Ya no solo discuten sobre pollos podridos y carros chocleros, sino que hablan y resuelven sobre Derechos Humanos, genocidios, hambrunas mundiales y relaciones exteriores. Y si los apuran, pueden también reformar el Código Penal, la Constitución Nacional, las leyes sobre fertilización asistida o crear juzgados federales. Los límites competenciales hace rato que se han borrado en Salta.

El comienzo de una carrera

Pero más que todo eso, lo que seduce del cargo de concejal es la percepción colectiva de que la «carrera política»  debe comenzar por ahí. Es decir, que quien aspira a cargos de mayor responsabilidad debe disputar los «challengers»  del circuito satélite antes de inscribirse en los Grand Slam.

En algunos casos muy puntuales, los concejos deliberantes son también el sitio de retiro de ciertos políticos veteranos de no demasiada buena estrella; es decir, de los que piensan como aquellos futbolistas que desean terminar su carrera en el club de sus amores, aunque ya no puedan arrastrar los pies.

En el Concejo Deliberante de la ciudad de Salta se cobra muy bien para lo poco que se hace. ¡Ojo! No queremos decir que trabajen poco sino que existe una relación proporcional preocupantemente inversa entre la cantidad de trabajo, su calidad y la efectiva concreción de avances y mejoras en la vida de los vecinos de la ciudad.

Pero no solo es el sueldo. También atrapa la posibilidad de salir todos los días en las radios, de enviar partes de prensa a los medios, de hacerse fotos con el celular en la oreja, de soltar discursos para las cámaras de la televisión, y cómo no, para entablar buenas y rendidoras relaciones con miembros del sexo opuesto.

La cuestión es hacerse de un cartel, por pequeño que sea; es someterse al voto popular y e ir cuidando a los votantes para que, algún día, ellos los lancen a otras alturas más sublimes.

Todo estos mecanismos son de sobra conocidos en el Partido Justicialista de Salta. No en vano este partido ha presentado 22 listas de concejales para las próximas elecciones primarias. Es decir que habrá 426 «justicialistas»  que sostienen ideas distintas sobre el futuro de las ciudades de Salta y San Lorenzo.

Quizá lo raro no sea esto, sino que de los otros 426 candidatos que se presentan por otros partidos, al menos la mitad también son «justicialistas», aunque no lleven el nombre ni el escudo de este partido.

En suma, que cada vez hay más razones para que los jovencitos de la casa digan: "Mamá, papá: quiero ser concejal".