El viejo recinto de la Legislatura de Salta, lugar en donde cada cierto tiempo se realizan simulacros de sismos y evacuaciones controladas, ha sido escenario anteayer de otro simulacro, pero esta vez de carácter político. Hablo del paripé de debate democrático y de evacuación de ideas que tuvo como protagonistas a algunos de los principales contendientes de las elecciones legislativas nacionales que se celebrarán a finales del próximo mes de octubre.
En realidad, el formato del encuentro -que dejaba mucho que desear- hacía imposible de antemano que se produjera un auténtico debate, útil y atractivo para los ciudadanos. Aunque, a decir verdad, lo que terminó por deslucir el experimento fueron algunas ausencias notables e importantes que restaron intensidad y legitimidad al encuentro.
Estos dos pequeños detalles no impidieron sin embargo que amplios sectores de la opinión política lugareña saludaran con alborozo el acontecimiento y celebraran la posibilidad de que los candidatos pudieran exponer «sus ideas y sus propuestas» en un clima de cierta cordialidad democrática.
Como era de esperar, los candidatos pusieron sobre la mesa una miríada de propuestas pero casi ninguna idea. Y la razón para ello es muy obvia: a los candidatos no les entusiasma en absoluto el que la gente común sepa lo que realmente piensan, por temor, claro está, a no ser elegidos.
Es por esta razón que intentan disfrazar sus pensamientos verdaderos con «propuestas»; es decir, con una agenda arbitraria, formada con retazos de la realidad, y a la que con un poco de celofán dialéctico se consigue empaquetar a gusto y medida del consumidor electoral medio.
Tras el fiasco del debate y a la vista del muy pobre desempeño de los candidatos, a uno le queda la sensación de que Antonio Machado tenía mucha razón cuando dijo que "de cada diez cabezas, una piensa y nueve embisten".
Más que alegrarnos debemos preocuparnos
Aunque muchos opinadores profesionales de Salta se han manifestado satisfechos por la capacidad de los candidatos para generar y expresar sus «propuestas», semejante ejercicio de catarsis colectiva solo puede, a mi juicio, provocar preocupación y desasosiego.A mi entender, no deberíamos preocuparnos tanto por la ausencia de propuestas sino por su inusual abundancia y, en especial, por su enorme cantidad, dispersión, variedad y falta de coherencia.
Este fenómeno, que es perjudicial para la democracia y para la política por igual, solo se puede achacar a la destrucción de los partidos políticos y a la renuncia expresa de éstos a su rol de simplificadores de las alternativas políticas frente a los principales problemas que aquejan a la sociedad.
En efecto, si alguna utilidad tienen los partidos políticos ésta es la de hacer posible la participación de los ciudadanos en un sistema político complejo, con tan solo una mínima información.
Si los partidos que concurren a unas elecciones aspiran, como es de suponer, a conseguir los más amplios apoyos posibles, esta aspiración solo se satisface mediante la afirmación de sus objetivos de una manera general y simple, de forma tal que los votantes se sientan atraídos por una filosofía amplia, comprensible, sin centrarse necesariamente en cada tema específico.
En suma, que una de las tareas clave de cualquier partido político es la de poner límites a los candidatos y a sus propuestas para permitir a los votantes elegir solamente entre unas pocas alternativas en vez de una confusa variedad de candidatos, propuestas y puntos de vista. Así sucede en prácticamente todas las democracias avanzadas del mundo.
Como hemos visto, en Salta las cosas funcionan de modo muy diferente, porque los partidos no tienen ya nada que decir al respecto y porque los candidatos están convencidos de que cuanto más abundantes, más variadas y más complicadas sean sus propuestas, los ciudadanos comunes tendrán la impresión de que aquellos están mejor preparados para desempeñar el cargo al que aspiran.
De lo que se trata, pues, es de impresionar y engañar más que de convencer. Y en base a engaños y a impresiones solo se consigue construir una democracia fragmentaria y fraudulenta, con apariencia de intensa participación popular, pero con una gran capacidad para generar corrupción y restar protagonismo al ciudadano en las grandes decisiones colectivas.