Urtubrain

Los esfuerzos del actual Gobernador de Salta por imitar las acciones y los logros de su antecesor en el cargo y antiguo mentor no han sido vanos. Al cabo de un tiempo razonable y a base de empeño y perseverancia, Juan Manuel Urtubey ha conseguido alcanzar la doble aunque contradictoria condición de político exitoso y de líder de un gobierno desastroso, que con envidiable maestría supo ostentar el exgobernador Juan Carlos Romero durante doce años.

La política de Salta es así desde siempre. A los salteños no les interesa tener gobiernos buenos, justos y eficientes sino más bien políticos exuberantes y de fortuna creciente. No importa que luego se demuestre que son corruptos o negados para gobernar si al menos poseen la virtud de enseñar a los demás el camino hacia el éxito y la felicidad personal.

Conexiones sociológicas

Pero si los rasgos políticos comunes que aproximan a Romero y Urtubey son bien conocidos, mucho menos lo son sus conexiones sociológicas más profundas. Hay que reconocer que se ha tendido a minimizar la importancia de éstas a la hora de interpretar los comportamientos políticos de uno y otro.

Los dos han estudiado en los mismos sitios (Bachillerato Humanista Moderno de Salta, Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires), los dos han amasado importantes fortunas personales al calor del poder, los dos han apadrinado con celo el imparable ascenso de sus familiares y allegados, y aunque ambos pertenecen a segmentos sociales formalmente distintos (pero silenciosamente convergentes), los dos han suscrito contratos de conveniencia con el "grupo principal" de la sociedad salteña para mantenerse en el poder y conseguir que sus excesos y megalomanías les sean perdonados.

El 'background' intelectual

Si acaso algún insignificante cromosoma diferenciaba al ADN de uno y otro éste no era sino el background  intelectual del actual Gobernador, criado, como se sabe, en el seno de una familia de influyentes juristas de alta nota.

Pero el sostenido esfuerzo que Urtubey (Juan Manuel) ha venido desplegando para igualar e incluso exceder las acciones de Romero (Juan Carlos) ha terminado por anular y neutralizar aquellas capacidades, hasta el punto de que una mayoría de salteños hoy duda seriamente de que aquel cromosoma diferente haya existido alguna vez.

Es notable cómo el joven prometedor que asomó allá por 1995 con su acicalado aspecto de niño bien, formado en las proximidades de las usinas de pensamiento más importantes del país y diseñado para dar batalla en la arena del pensamiento, se ha convertido con el paso del tiempo en un político taimado y calculador. Pocos se explican las causas del descenso a la vulgaridad de quien hasta hace poco insinuaba buenas maneras pero que hoy recela del mundo de las ideas, huye de los debates y demuestra todos los días con sus gestos y actitudes que solo aspira a la comodidad que le reporta situarse en los niveles morales e intelectuales alcanzados por su predecesor.

Hasta tal extremo ha llegado su apego por el poder, su obsesión por aumentar su capital político personal y su desinterés por la calidad del gobierno, que la gente imagina las reuniones de su gabinete en un salón presidido por un gran retrato del fundador de la Legión Española, general José Millán-Astray junto a una pancarta con su frase favorita: ¡Muera la inteligencia!

Una campaña reveladora

La campaña electoral ha vuelto a poner de relieve el divorcio cada vez más profundo entre el político exitoso y el líder de un gobierno mediocre, integrado por ineptos y embusteros de alto vuelo. Lo cual no carece de mérito si se tiene en cuenta la brutal competencia de sus predecesores.

Pero la política salteña es así. Mientras la gente común demuestra a diario animadversión y desdén hacia un gobierno en el que no confían en absoluto, la misma gente se encarga de colocar al líder a la altura del mismísimo Señor del Milagro, exonerándolo de sus pecados y reafirmando el carácter providencial de su mando.

Y lo hace aunque el líder se empeñe en demostrar, un día sí y otro también, que su inteligencia no es lo que se suponía que era; que es incapaz de producir ideas o dejarse impulsar por ellas y que la fuerza de su pensamiento ha sido sustituida por la prepotencia militante de una corte de aduladores a sueldo que ha recibido la encomienda de disimular una cruda realidad: la de que el líder ha caído hasta lo más bajo en su obsesión por mantener e incrementar su poder.