Traiciones y coherencias en la castigada política de Salta

Desde aquel ominoso perdigón que hirió mortalmente a Güemes, la historia de la política de Salta es un relato cronológicamente ordenado de traiciones, zancadillas y puñaladas por la espalda.

A los salteños con cierto protagonismo político no les atrae mucho la idea de que la gente normal los considere simplemente tránsfugas (los que solo cometen el pecado de pasarse al bando contrario), por lo que generalmente buscan adornar su cambio de filas con llamativos desprecios a la lealtad y a la confianza, que incluyen revelación de secretos, insultos, descalificaciones y variados destapes de ollas.

Pero lo que singulariza a la política lugareña, lo que le confiere su verdadero carácter, no son las traiciones ni el transfuguismo, sino el hecho, perfectamente comprobado, de que los más grandes traidores y tránsfugas -aquellos que han cometido las más graves transgresiones a la lealtad, la confianza o la coherencia- siempre vuelven a abrazarse con los traicionados y a coincidir con ellos en variados experimentos políticos. Todo es cuestión de que pase un poco de tiempo.

Y no solo eso. También ocurre aquí que traidores y traicionados, antes y después, viven convencidos de que ellos no han hecho otra cosa más que seguir «la huella recta», que son auténticos héroes de la lealtad y que jamás se han apartado de lo que mandan los cánones.

Probablemente si los salteños no fuésemos capaces de maquillar las conciencias (las propias y las ajenas) para hacer aparecer como recto lo que en realidad es sinuoso, la política sería en Salta una actividad imposible o inviable.

Del otro lado del espejo

De Romero a Urtubey, la política de Salta solo ha cambiado en un detalle: el lugar que los gobernantes se sitúan en relación con el espejo.

Mientras en los tiempos del primero quienes ejercían el poder se colocaban delante de él, para ver en él reflejadas virtudes y bellezas inexistentes, en los tiempos del segundo los que gobiernan están detrás del espejo, como normalmente están los vigilantes de supermercados y grandes tiendas, atentos a cada movimiento ciudadano y prestos a reaccionar cuando advierten algo que atenta contra sus intereses.

La mediocridad de los segundos no les permite colocarse frente al espejo, aunque tal mediocridad no sea sino reflejo de la que aqueja a la propia sociedad... a nosotros mismos. Por eso se refugian detrás, como si los ciudadanos fuésemos cobayas y ellos sabios experimentadores en cámara Gesell.

Con todo, detrás del parapeto de cristal, los que gobiernan todavía no aciertan a saber de dónde vendrán las puñaladas y las traiciones, porque detrás de ellos hay otros que utilizan los mismos espejos para esconderse y vigilar. Y detrás de estos últimos, otros, y así sucesivamente.

Con tantos traidores sueltos, con tantos espejos y tantos vigilantes escondidos, la vida política de Salta se ha convertido en una especie de panopticón de Bentham; es decir, en una cárcel perfecta.