Ante la amenazadora perspectiva de no tener un lugar donde estacionar su pájaro de acero, el exgobernador de Salta, Juan Carlos Romero, ha decidido poner en venta su Bombardier Lear Jet 45 modelo 1999, matrícula lima víctor bravo uniform oscar. Las costumbres cada vez más sedentarias del exmandatario (algo que viene con los años) aconsejan desprenderse del aparato con el que ha surcado buena parte de los cielos de América, en vuelos estrictamente parlamentarios. Como es sabido, para excursiones de pesca recreativa, el actual senador nacional prefiere los helicópteros estatales.
Lo curioso de esta poco usual operación es que un sitio web de noticias de Salta ha «descubierto» que Romero está ofreciendo su avión 'en un sitio especializado en ventas de aeronaves'.
Al cronista de aquel medio le ha parecido extraño que Romero no hubiera preferido colocar una lata de leche Nido o una botella de Seven Up encima del fuselaje del aparato para anunciar a los transeúntes que se encuentra en venta y que se haya decantado por acudir al mercado internacional de aeronaves de segunda mano en lugar de publicar un aviso clasificado en la sección "vehículos a motor" del diario El Tribuno.
Lógico es suponer -aun para personajes tan extraños como Romero- que aviones de estas características se vendan en lugares con una cierta especialización en la materia. Lo ilógico es pensar que su propietario pudiera haber confiado tan delicada venta al viborero de algún concesionario local, previa adulteración del cuenta kilómetros del aparato y una mano de pintura trucha.
Es del caso también suponer que el vendedor tomará la precaución de retirar los objetos personales del avión antes de transferirlo a su nuevo dueño y que por este motivo el próximo piloto no encontrará ni un lápiz con marca de dientes en la guantera del avión ni un dorado de 16 kilos (extraído de las entrañas del Pilcomayo) en la bodega.
Lo que es seguro es que cuando le toque a Urtubey vender su propio avión, el nuevo dueño, al momento de realizar el primer decolaje, sentirá la misma sensación de vértigo que sintió aquel millonario ruso que compró el Mercedes Benz 770 K de Hitler cuando puso primera con rumbo a Auschwitz.