El fanatismo hace su debut en la campaña electoral salteña

Ayatollah KhomeiniDesde que en diciembre de 2007, en ocasión de inaugurar su primer mandato ante la Legislatura Provincial, el gobernador Urtubey se declarara "fanáticamente peronista", sus epígonos han adoptado al fanatismo político como una seña de identidad y pretenden ahora instalarla como virtud cívica.

Teniendo en cuenta que un 75 por cien de nuestro electorado -porcentaje generoso que incluye a una importante cantidad de ciudadanos escasamente informados- es bastante moderado y huye de las opciones extremas, resulta del todo inexplicable que un candidato se declare fanático de una idea política y que piense que con semejante arrebato de sinceridad conquistará más votos.

Pero hay todavía algo más estúpido que declararse fanático de algo sin que nadie lo pida: Esto es prometer llevar el fanatismo como bandera al Congreso de la Nación, como lo ha hecho esta mañana el candidato a diputado nacional de Urtubey, Rubén Fortuny.


El fanatismo, entendido como la actitud de quien defiende con tenacidad desmedida, irracional devoción y apasionamiento acrítico una creencia religiosa o una opinión política, está muy lejos de ser una virtud cívica.

Cualquiera, claro está, puede ser fanático de lo que se le ocurra; pero de allí a venderlo como un valor y pensar que es bueno o muy bueno trasladar esa misma irracionalidad a las instituciones, hay una distancia muy grande. La misma distancia que separa la prudencia de la total irresponsabilidad.

Siendo como es el fanatismo, una opción de libertad como cualquiera otra (aunque muchos expertos lo vinculan con la enfermedad mental), resulta inexplicable que alguien abrace con tanto ardor una ideología política de tan escasa y ambigua elaboración doctrinaria como el federalismo.

Declararse fanático del federalismo equivale, pues, a abrazar con ciego entusiasmo ideas difusas como el populismo o el panamericanismo.

Si por esas cosas que tienen las elecciones, un fanático de esta especie llega al Congreso de la Nación, es de esperar que no se dedique a ejercer su fanatismo persiguiendo hasta la muerte a los «infames unitarios»  o imponiendo su visión fanática de la realidad a una mayoría de ciudadanos moderados y racionales que solo desean vivir en paz con sus semejantes.