Romero y Urtubey: Talentos recortados

Urtubey y RomeroA los salteños les llevará bastante tiempo calibrar el daño que para su progreso y su bienestar ha supuesto mantener en el poder, durante veinte años, a dos políticos tan escasamente dotados como Romero y Urtubey.

Serán necesarias al menos otras dos décadas para practicar el inventario completo y detallado del retroceso -cultural, político, social, económico, territorial, intelectual y moral- que ha experimentado la Provincia de Salta como consecuencia de la mediocridad de estos dos dirigentes cuya existencia política solo se explica por la ambición desmedida de poder.

Romero y Urtubey -que, si la Divina Providencia no lo impide, gobernarán durante nada menos que 24 años, esto es, más del 6% de nuestra historia- disfrutan del dudoso honor de haber inaugurado una era de política sin ideas. Quizá, porque ninguno de los dos posee el talento que se necesita para hacer de la política una actividad algo más sofisticada y creativa que la que el impulsa el simple deseo de saciar los apetitos de poder.

Sería, por supuesto, un error pensar que estos dos talentos tan recortados son los únicos responsables de la pobreza de la política que vivimos, pero qué duda cabe que su ejemplo -unido a su aparente éxito personal- viene produciendo desde hace tiempo un efecto de imitación, como consecuencia del cual la política convoca hoy a personas sin las más mínimas cualidades morales o intelectuales, que en el mejor de los casos solo persiguen convertirse en los Romero o los Urtubey de los tiempos por venir.

El poder absoluto y las prebendas que éste reparte con llamativa esplendidez han conseguido finalmente neutralizar y desactivar a la «vanguardia intelectual»  de la sociedad salteña, inmersa en una profunda crisis de calidad, cada vez más desconectada del mundo y convertida en un apéndice clientelar del poder. La imperdonable vulgaridad del pensamiento político, social y económico de la «clase ilustrada»  de Salta se hace cada vez más patente, a medida que sus cada vez más escasos y menos influyentes portavoces aplauden, con entusiasmo creciente, los excesos de los gobernantes.

Sólo una fracción muy minoritaria de la izquierda salteña no kirchnerista, que considera a Romero y a Urtubey como parte del mismo entramado oligárquico y reaccionario, parece capaz de sostener un discurso diferente, más conectado con la realidad de las nuevas demandas sociales y con la construcción de una ciudadanía más comprometida.

A su derecha bascula una amplísima franja que se debate entre el paternalismo de Estado de matriz populista y el conservadurismo provincianista de viejo cuño, que a pesar de sus contradicciones se dan amistosamente la mano bajo el polivalente disfraz peronista, que tan bien han sabido llevar tanto Romero como Urtubey, nacidos y criados en el seno de familias cerradamente antiperonistas.

A pesar de esta clara división en la sociedad salteña, el enfrentamiento político en curso no se produce entre aquella izquierda más progresista (muy activa, pero carente de medios) y esta derecha más reaccionaria (igualmente activa, pero sobrada de recursos). Al contrario, el gran fraude en marcha consiste en embaucar una vez más a los salteños y hacerles pensar que Romero y Urtubey representan, de verdad, opciones antagónicas.

Salta y su democracia sufren por la estrechez de miras, por las agudas carencias intelectuales y por la falta de honradez política de sus líderes más visibles. Pero mucho más sufren los salteños, que apenas si se dan cuenta de ello.

Porque a pesar de que sus libertades y su bienestar dependen hoy de una política devaluada hasta la ineficacia por la ambición personalista de estos dos líderes de talento recortado, miles de comprovincianos miran con buenos ojos el intento de perpetuar la mediocridad reinante a través de la entronización de una dinastía que, de concretarse, terminará seguramente de hundir el futuro de casi un millón y medio de salteños.