A pesar de algún que otro arrebato de rebeldía, Urtubey y sus ministros parecen hoy juguetes dóciles en las manos de Romero y las de su alicaído, pero aún influyente, grupo mediático. Apelando el uso de las prácticas más rancias y archiconocidas del acoso periodístico, las que incluyen el recurso a la injuria fácil y las bajezas más variadas, el polo opositor ha conseguido -con relativamente poco esfuerzo- marcarle la cancha al gobierno de Salta, hasta extremos que hubieran resultado insospechados hace solo dos años atrás.
Lo curioso es que Urtubey -que conoce por dentro el funcionamiento de la maquinaria extorsiva de su adversario, por haber sido parte de ella durante más de una década- ha mordido el anzuelo como un principiante. Desde hace un buen tiempo el Gobernador de Salta dedica sus mejores esfuerzos, no a gobernar como sería deseable, sino a tapar los agujeros que el grupo opositor se encarga de abrir a los pies de su gobierno y los que él mismo, por su torpeza y su falta de agilidad política, abre a diario.
Algo ha cambiado ligeramente desde 2012, pues si el año pasado fueron los ministros del gobierno los más expuestos a los ataques, a veces por sus clamorosos errores, muchas por su ingenuidad, pero en casi todos los casos por su incompetencia, en 2013 el objetivo a batir es el propio Gobernador, cuyas flaquezas se han vuelto muchísimo más evidentes durante su segundo periodo al frente del gobierno de la Provincia.
A Urtubey le ha jugado en contra su obsesión por hacerse con el control de todos espacios de poder, un terreno que Romero domina a la perfección y en el que el senador nacional puede presumir, legítimamente, de haber sido el maestro y mentor del actual Gobernador.
El giro nepotista de Urtubey, que nada tiene que envidiar a la megalomanía principesca de su antecesor, le ha servido en bandeja al grupo mediático opositor la oportunidad de ajustar cuentas con el actual mandatario. Y de hacerlo en un lenguaje que ambos hablan con familiar fluidez: el de los aprietes mafiosos.
Cualquiera sea el resultado de las elecciones, lo que ya no puede discutirse es que Urtubey (los Urtubey, para mejor decir) han perdido la batalla moral frente a su adversario, algo que resultaba impensable en 2007.
El gobierno está aturdido y desorientado tal como si, encapuchado, estuviera recibiendo una paliza con una bolsa de naranjas. Cunde el desánimo en sus filas, hasta el punto de que muchos ya consideran al apellido Urtubey como una marca política amortizada de la que conviene ir tomando una cierta distancia.
El Tribuno ha pasado al frente y lo ha hecho, como muchas veces antes, echando mano del disfraz y repartiendo desde un canasto repleto de serpientes puñados de moral, como si ésta le sobrara, como si alguna vez le hubiera sobrado.
Lo lamentable es que, a pesar de las carencias éticas que son por todos conocidas, el ataque ha sido suficiente para Urtubey. Cosa extraña, sin dudas.