Si a los concejales del Concejo Deliberante de la Municipalidad de Salta les dieran dos metros de ventaja, seguramente no dudarían en intentar designar al Papa o al Secretario General de las Naciones Unidas. Con unos pequeños ajustes en la Carta Orgánica Municipal, nuestros concejales podrían también reformar la Constitución de los Estados Unidos de América, revisar en apelación los fallos de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, organizar la sucesión de la Reina de Inglaterra o decidir el sorteo de los partidos de semifinales de la Champions League europea.
Al fin y al cabo, los concejales son representantes del pueblo, electos por el voto popular. ¿Por qué habría de negárseles entonces la posibilidad de decidir todos aquellos asuntos que a cualquier vecino de Salta le gustaría decidir?
Poco importa que a la «materia» municipal resulten ajenos temas como el aborto, las agresiones sexuales, la adopción o los genocidios de décadas pretéritas: siempre hay un concejal dispuesto a hurgar más allá de las competencias atribuidas por las leyes, porque ellos son y se sienten la «caja de resonancia» de los asuntos populares. No les importa demasiado si el pueblo de Salta tiene o no derecho a influir sobre determinados asuntos.
Para llegar a ser concejal de la ciudad de Salta se requiere de un esfuerzo considerable. La recompensa, sin embargo, es escasa, si se tiene en cuenta que quien se ha dejado las pestañas, los codos, los bolsillos y a veces el honor para ser concejal, solo puede ejercer ese cargo menor durante dos años.
Poco tiempo para cambiar el mundo.
Tantas son las penurias y sinsabores de que está empedrado el camino hacia la concejalía, que el elegido no puede menos que sentirse Churchill o Roosevelt y pensar inmediatamente que ese caudal de votos que lo respalda no solo lo habilita a legislar sobre materias tan desagradables como las humitas pasadas, la suciedad de los baños públicos, la salubridad de los cementerios o la polución de los carros chocleros.
Estos concejales que tenemos no se sienten cómodos remando entre la basura y pensando a escala local. Muchos de ellos creen que la oportunidad es buena para aventurarse con temas más elevados como las relaciones internacionales, la globalización, la crisis de los mercados financieros, la defensa, la amenaza nuclear y tantas otras cosas interesantes que movilizan el espíritu humano.
Ser concejal en Salta equivale a poseer una especie de patente de corso jurídica que habilita a meterse con cualquier cosa que se mueva, aunque esta cosa se encuentre en el lado opuesto del mundo.
No hay dudas: si nuestros concejales no llegan a ser enteramente cosmopolitas, al menos son cosmobolitas.
Y se les nota.