Juan Carlos Romero y Gustavo Ferraris
Juan Carlos Romero y Gustavo Ferraris

Un acullico 'cautelar'

Juan Carlos Romero y Gustavo FerrarisSi ya cuesta bastante creer que ese hombrecito de sombrero verde y apariencia insignificante sea el mismísimo Gobernador de la Provincia de Salta (archimillonario y todopoderoso), mucho más difícil es creerse que quien lo ayuda a sujetar un soberbio ejemplar de dorado recién extraído de nuestras feraces aguas sea un magistrado del más alto tribunal de justicia provincial.

Las personas normales imaginamos a los jueces entregados a las más nobles causas del espíritu humano: a la reflexión moral y jurídica, al servicio desinteresado a sus semejantes, al cultivo de las ciencias, al cuidado del medioambiente natural, y a una serie de actividades superiores que enriquecen el alma.

Pero se ve que en el caso del juez señor don Gustavo Ferraris, aquellas actividades son de algún modo reemplazadas por impulsos algo más terrenales, por costumbres mucho más vulgares.

El escándalo que ha estallado estos días en los medios de comunicación a raíz de la publicación de unas fotografías «anónimas» en las que se aprecia al entonces Gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, y a su exsecretario de Seguridad (el hijo del histórico capataz de su finca) utilizando el helicóptero público a pata suelta en una excursión de pesca, no sería tan escandaloso si en aquellas imágenes no apareciera el hoy magistrado en actitud francamente reñida con el buen gusto, el decoro judicial y la «estética republicana».

Estas fotos señalan un antes y un después en la historia de las recusaciones procesales, ya que tras su pública difusión, muchos justiciables comienzan a preguntarse si puede ser ecuánime, imparcial y versado en Derecho una persona que es capaz de portar un acullico (bola de hojas de coca masticadas que se aloja en la cavidad bucal) de tal calibre que virtualmente le deforma la cara.

"Recuso su acuso" dirán, a partir de ahora, aquellos ciudadanos temerosos de que su vida, su libertad y su hacienda -entre otros derechos- queden a expensas del mismo juez que es capaz de sujetar un enorme pescado como trofeo.

Ni hablar de aquellos que acuden a los tribunales buscando la protección del medio ambiente. ¿Podrá dictar sentencias justas un juez que no solo decide estacionar un helicóptero a la vera de un río -como si el pájaro de acero fuese un vulgar chumuco- sino que se regocija con el producto de una pesca probablemente ilegal y depredatoria?

¡Y qué decir cuando el juez se enfrente a causas en las que se deciden responsabilidades por trata de personas, torturas y otros atropellos a los Derechos Humanos!

Con estas fotos, Salta se confirma como un remedo trágico de la Rumanía de Ceaucescu, en cuyos bosques los incondicionales del régimen echaban osos dopados para que el dictador pudiera dispararles a placer desde una especie de garita fortificada.

Entre los osos de Ceaucescu y los dorados de Romero (por no citar a sus bagres) hay solo unas pequeñas diferencias de matices políticos y morales, y algún que otro salto en la escala zoológica.