Desde su aparición en el siglo XVII, los partidos políticos han tenido como misión fundamental la de asegurar la representación en las asambleas deliberantes de origen electivo, típicamente mediante la nominación de candidatos a los cargos públicos. Con el tiempo, estas organizaciones han ido añadiendo otras funciones, todas ellas relacionadas con el ejercicio de la representación política democrática: la simplificación de opciones ideológicas, la representación de los grupos de interés o la formulación de políticas, entre otras.
A pesar de la profunda crisis en la que están inmersos, en casi todos los países democráticos del mundo los partidos dedican la mayor parte de su tiempo, sus energías y sus recursos a un número limitado de tareas que pueden agruparse en dos grandes bloques de actividad: la comunicación política y la intermediación política.
En casi todo el mundo, excepto en Salta, en donde el Partido Renovador se dedica también -¡vaya sorpresa!- al «análisis político».
En realidad, la expresión es una especie de cortina de humo que sirve a los renovadores para disimular una serie de actividades de adoctrinamiento y fidelización pura y dura de clientes bajo un rótulo atractivo, capaz de transmitir a los interesados la sensación de que en su seno no se practican ni «roscas» ni conciliábulos -Dios nos libre de estas impurezas- y que sus dirigentes se hallan abocados a una tan intensa como ontológicamente imposible actividad intelectual.
El «análisis político» es una tarea normalmente complicada, al alcance de la Harvard Kennedy School o de instancias académicas de similar enjundia, pero que -respetuosamente- no forma parte de las destrezas y habilidades del vicegobernador Zottos o de cualquiera de los conservadores populistas que lo acompañan en la mesa directiva del PRS.
La intención de estos de hacer prospección política o futurología tropieza con el pequeño inconveniente de los cada vez más incontrolables apetitos personales de un grupo oligárquico (en el mejor sentido que posee esta expresión) que ha logrado enquistarse en las instituciones y que anida en algunos rincones del poder, sin llegar a disfrutar de él más que del antiguo derecho a la prebenda.
Cualquiera que las escucha puede darse cuenta sin esfuerzo de que las voraces soflamas de Zottos se parecen muy poco a un análisis, entendido éste como la distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos. Por tanto, más que análisis -en el sentido científico de la expresión- lo que intenta el PRS (y lo consigue) es hacer especulación política pura, con todos sus componentes pasionales, como los partidos (o los grupos oligárquicos enquistados en el poder) han venido haciendo desde hace más de un siglo en nuestro país.
Bien haría el señor Zottos y su disciplinado elenco de analistas en sincerarse y reconocer ante los ciudadanos y ante sus propios simpatizantes, que el PRS no quiere diseccionar la realidad política de la Provincia de Salta y la del mundo circundante, sino simplemente asegurarse de que sus principales dirigentes podrán seguir manteniendo en nuestra sociedad su influencia sobre los asuntos públicos, y todo porque la mayoría de ellos no conoce otra forma de vivir o de resolver sus propios problemas que la de anidar en el poder durante la mayor parte del tiempo que sea posible.